15/3/13

Cándido de Voltaire - Capítulo 5


CAPÍTULO V

Tempestad, naufragio, terremoto y lo que fue del doctor Pangloss, de Cándido y del anabatista Jacobo.



La mitad de los débiles pasajeros, medio mo­ribundos por el tremendo mareo que el balanceo de un barco ocasiona a los nervios y a todos los humores del cuerpo empujados hacia direcciones opuestas, no tenía fuerza ni para preocuparse del peligro. La otra mitad gritaba y rezaba; las velas estaban desgarradas, los mástiles rotos, la nave resquebrajada. Trabajaba el que podía, el des­concierto era general, no había mando. Cuando el anabatista, que estaba sobre la cubierta, echa­ba una mano en la maniobra, un marinero furio­so le golpeó con fuerza tirándolo al suelo; pero pegó con tanto ímpetu, que él mismo recibió tam­bién tal sacudida, que se precipitó de cabeza fue­ra de la nave, quedando colgado y agarrado a un trozo de mástil roto. El buen Jacobo acude en su ayuda, le empuja para que vuelva a subir, y rea­liza tal esfuerzo que es precipitado al mar delan­te del marinero, que lo deja perecer sin tan si­quiera mirarlo. Cándido se acerca, ve que su bienhechor reaparece un instante y que se hun­de definitivamente. Quiere arrojarse tras él al mar, pero el filósofo Pangloss se lo impide haciéndo­le ver que la bahía de Lisboa había sido forma­da ex profeso para que aquel anabatista se aho­gara en ella. Mientras lo demostraba "a priori", el barco se parte por la mitad y todos perecen, me­nos Pangloss, Cándido y aquel brutal marinero que había permitido ahogarse al virtuoso anaba­tista: el muy bribón nadó felizmente hasta la ori­lla, en tanto que Pangloss y Cándido fueron arrastrados por una tabla.
Cuando se recuperaron un poco, se dirigieron hacia Lisboa; aún les quedaba algún dinero, con el que esperaban remediar el hambre tras haber conseguido sortear la tempestad.
Apenas llegan a la ciudad, llorando la muerte de su bienhechor, cuando sienten que la tierra tiembla bajo sus pies, que hay marejada en el puerto y el mar rompe los navíos anclados. Las calles y plazas públicas se cubren de remolinos de llamas y cenizas; las casas se desploman, los tejados se hunden y los cimientos se dispersan; treinta mil habitantes de cualquier edad y sexo son aplastados bajo las ruinas. Según silbaba y ju­raba, el marinero decía:
-Algún beneficio sacaré de aquí.
-¿Cuál puede ser la razón suficiente de ese fenómeno? -decía Pangloss.
-¡Esto es el fin del mundo! -exclamaba Cán­dido.
El marinero corre de inmediato entre las rui­nas, desafía a la muerte con tal de encontrar di­nero, lo halla, se apodera de él, se emborracha, y, después de dormir la cogorza, compra los favores de la primera moza voluntariosa que en­cuentra sobre los escombros de las casas derruidas rodeado de moribundos y muertos. Pangloss entretanto le tiraba de la manga:
-Amigo mío -le decía-, eso no está bien, desobedecéis a la razón universal, porque éste no es el mejor momento para ello.
-¡Por Satanás! -contestó el otro-, soy un marinero nacido en Batavia, cuatro viajes he he­cho al Japón y cuatro veces he pisado el crucifi­jo; ¡a mí me vas a hablar de la razón universal!
Cándido, que estaba tendido en la calle y cu­bierto de cascotes porque un derrumbamiento de piedras le había herido, decía a Pangloss:
-¡Por favor, consígueme un poco de vino y de aceite; me muero!
-Este terremoto no es ninguna novedad -contestó Pangloss-; el año pasado, en América, la ciudad de Lima padeció los mismos temblores; las mismas causas producen los mismos efectos: debe haber bajo tierra una veta de azufre desde Lima a Lisboa.
-Probablemente -dijo Cándido-; pero por el amor de Dios dadme un poco de aceite y de vino.
-¿Cómo probable? -replicó el filósofo-. Sostengo que la cosa está demostrada.
Cándido perdió el conocimiento, y Pangloss le acercó un poco de agua de una fuente cercana.
Al día siguiente pudieron recuperar un poco las fuerzas al encontrar algunos alimentos entre los escombros. Luego trataron, como los demás, de aliviar a los habitantes que habían escapado de la muerte. Algunos ciudadanos, socorridos por ellos, les regalaron la mejor cena que podía dar­se en semejantes circunstancias: la cena estuvo llena de tristeza y los comensales regaban el pan con sus lágrimas; pero Pangloss los consolaba, asegurándoles que las cosas no podían ser de otro modo:
-Porque -dijo-, esto es lo perfecto; porque si hay un volcán en Lisboa, no podría estar en otro sitio; porque es imposible que las cosas es­tén en un lugar diferente al que están; y porque todo está bien.
Un hombrecillo negro, emparentado con la in­quisición, que se encontraba junto a él, empezó a hablar muy cortésmente de la siguiente mane­ra:
-Parece que el señor no cree en el pecado original; pues, si todo es perfecto, ni hubo caída ni hubo castigo.
-Ruego a su Excelencia que me perdone -respondió Pangloss con mayor cortesía aún-, pero la caída del hombre y la maldición eran ne­cesarios en el mejor de los mundos posibles.
-¿No cree usted entonces en la libertad? dijo el hombrecillo.
-Su Excelencia sabrá disculparme -dijo Pan­gloss ; la libertad puede existir junto a la necesi­dad absoluta: porque era necesario que fuéramos libres; porque al fin la libertad condicionada...
Pangloss estaba en medio de la frase cuando el hombrecillo le hizo una seña con la cabeza al criado que le estaba sirviendo vino de Porto o de Oporto para beber.

No hay comentarios:

Publicar un comentario