17/3/13

Cándido de Voltaire - Capítulo 8



CAPÍTULO VIII

Historia de Cunegunda.





-Estaba en la cama durmiendo profunda­mente, cuando quiso el cielo enviar a los búlga­ros a nuestro hermoso castillo de Thunder-ten­tronckh; degollaron a mi padre y a mi hermano, y a mi madre la despedazaron. Un búlgaro enor­me, de seis pies de altura, al ver que yo perdía el conocimiento ante aquel espectáculo, intentó violarme; aquello me hizo volver en mí y reco­brar el sentido; grité, me opuse con todas mis fuerzas, le mordí, le arañé, quería sacarle los ojos a aquel búlgaro, desconociendo que cuanto es­taba ocurriendo en el castillo de mi padre era algo normal: el bruto me dio un navajazo en el cos­tado izquierdo cuya cicatriz aún conservo.
-¡Qué lástima! Espero que pueda verla -dijo el ingenuo Cándido.
-La veréis -dijo Cunegunda-; pero conti­nuemos.
-Proseguid -dijo Cándido.
Ella retomó el hilo de su relato así:
-Un capitán búlgaro entró, me vio a mí toda ensangrentada, y que aquel soldado seguía a lo suyo. El capitán se encolerizó al ver el poco respeto que aquel bruto mostraba por él y lo mató. Luego ordenó que me curasen, y me llevó como prisionera de guerra a su cuartel. Le lavaba las po­cas camisas que tenía, le guisaba, me encontra­ba muy bonita, todo hay que decirlo; y debo con­fesar que era bien parecido, con una piel blanca y suave; aunque con poca inteligencia y poca ins­trucción: a lo lejos se veía que no había sido edu­cado por el doctor Pangloss. Al cabo de tres me­ses, como había perdido todo su dinero y se había cansado de mí, me vendió a un judío lla­mado don Isachar, que traficaba en Holanda y Portugal, y que amaba con pasión a las mujeres. Este judío se prendó de mí, pero no pudo con­seguirme; le opuse mejor resistencia que al sol­dado búlgaro: una persona honrada puede ser violada una vez, pero su virtud se vuelve más fir­me. El judío, para someterme, me trajo a esta casa de campo que veis. Hasta ahora yo había creído que no existía nada tan bello en la tierra como el castillo de Thunder-ten-tronckh; estaba equivo­cada.

»Un día, el gran inquisidor me vio en misa; me observó detenidamente y me mandó el recado de que tenía que hablarme de asuntos secretos. Me llevaron a su palacio; le informé de mi linaje; me hizo ver que estaba por debajo de mi categoría al pertenecer a un israelita. A instancias suyas propusieron a don Isachar que me cediera al se­ñor inquisidor. Don Isachar, que es el banquero de la corte, y hombre de crédito, no quiso ni oír­lo. El inquisidor le amenazó con un auto de fe. Al final mi judío, atemorizado, aceptó un trato mediante el cual la casa y yo perteneceríamos
conjuntamente a los dos; los lunes, miércoles y el día del sábado serían del judío, y los demás días de la semana, del inquisidor. Este acuerdo dura desde hace seis meses. Ha habido bastan­tes discusiones, ya que no está aún nada claro si la noche del sábado al domingo es de la ley an­tigua o de la nueva. Por lo que a mí respecta, he resistido hasta ahora a los dos; y debe ser por eso por lo que aún sigo siendo amada.
»Con el fin de alejar el azote de los terremo­tos, y atemorizar de paso a don Isachar, el in­quisidor quiso celebrar un auto de fe y me invi­tó a él. Me acomodaron en un buen lugar; entre la misa y la ejecución se sirvieron refrescos a las damas. A decir verdad, me horrorizó ver cómo quemaban a aquellos dos judíos y a aquel hon­rado vizcaíno casado con su comadre; ¡pero cuál no sería mi asombro, mi espanto y mi sorpresa, al ver vestido con un sambenito y bajo una mi­tra, un rostro parecido al de Pangloss! Tuve que restregarme los ojos, miré atentamente cómo lo ahorcaban y me desmayé. Apenas había recobra­do el sentido cuando os vi indefenso, completa­mente desnudo; aquello fue el colmo del horror, del dolor, de la angustia, de la desesperación. Ciertamente, os confesaré que vuestra piel es aún más blanca y más sonrosada que la de mi capi­tán de los búlgaros. Esta imagen hizo que se re­doblaran todos los sentimientos que me angus­tiaban, que me devoraban. Intenté gritar, queriendo decir: "¡Deteneos, bárbaros!" Pero la voz me falló y mis gritos hubieran sido inútiles. Acabado el castigo, me preguntaba yo: "¿Cómo es posible que el amable Cándido y el sabio Pangloss se encuentren en Lisboa, que uno reciba cien azotes y que el otro sea ahorcado por orden de monseñor el inquisidor, que tan enamorado está de mí? Pangloss me ha engañado despiada­damente al decirme que todo es perfecto en el mundo".
»Estaba trastornada, enloquecida, a ratos hecha una fiera y a ratos a punto de morir de debilidad, los recuerdos bullían en mi cabeza: la masacre de mi padre, de mi madre, de mi hermano, la inso­lencia del ruin soldado búlgaro, la cuchillada que me dio, mi servidumbre, mi oficio de cocinera el capitán búlgaro, el despreciable don Isachar, el abominable inquisidor, la ejecución del doctor Pangloss, aquel gran Miserere cantado a coro mientras os azotaban y, especialmente, el beso que os había dado detrás del biombo, el día que os vi por última vez. Di gracias a Dios porque os volvía a traer a mi lado tras tantos obstáculos. Le encargué a la vieja que se ocupara de vos, y os trajera aquí en cuanto pudiera. Ha realizado mi encargo a la perfección; he experimentado el ine­fable placer de veros otra vez, de oíros, de ha­blar con vos. Pero debéis de tener un hambre de­voradora; yo también, vayamos a cenar.
Se sientan los dos a la mesa; y, después de ce­nar, se recuestan en aquel hermoso canapé al que me he referido anteriormente; precisamente es­taban en él cuando don Isachar, uno de los due­ños de la casa, llegó. Era sábado. Venía a gozar de su derecho, y a declarar su tierno amor.

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