28/3/13

Cándido de Voltaire - Capítulo 19


CAPÍTULO XIX

Aventuras en Surinam. Cándido conoce a Martín.



La primera jornada de nuestros dos viajeros fue bastante agradable, animados al verse dueños de más riquezas de las que podían acumularse entre Asia, Europa y África. Cándido, eufórico, grababa el nombre de Cunegunda en los árbo­les. En la segunda jornada, las marismas se tra­garon a dos carneros con sus cargamentos; unos días más tarde otros dos carneros murieron de agotamiento; a continuación siete u ocho pere­cieron de hambre en el desierto; al cabo de unos días otros se despeñaron en los precipicios. Por último, después de cien días de caminata, sólo les quedaban dos carneros. Cándido dijo a Cacambo:
-Amigo mío, qué poco duran las riquezas de este mundo; no hay nada más sólido que la vir­tud y la dicha de volver a ver a la señorita Cunegunda.
-Estoy de acuerdo -dijo Cacambo-; pero aún nos quedan dos carneros con más riquezas de las que pueda tener nunca el rey de España; y allá a lo lejos veo una ciudad que debe de ser Surinam, territorio de los holandeses. Estamos lle­gando al término de nuestras desdichas y al co­mienzo de nuestra felicidad.
Cuando se acercaban a la ciudad, se toparon con un negro tumbado en el suelo, vestido con medio traje, es decir, con un calzón de tela azul, y al que le faltaban la pierna izquierda y la mano derecha.
-¡Eh! ¡Dios mío! -le habló Cándido en ho­landés-. ¿Qué haces ahí, amigo mío, en tan te­rrible estado?
-Estoy esperando a mi amo, al señor Vanderdendur, el famoso comerciante -contestó el negro.
-¿El señor Vanderdendur -dijo Cándido-, te ha tratado así?
-Sí, señor -dijo el negro-, eso es lo que se estila. Como única vestimenta nos dan un calzón de tela azul dos veces al año. Al que trabaja en las azucareras y la muela le pilla el dedo, se le corta la mano; al que huye se le corta la pierna: yo he vivido ambas situaciones. En Europa se come azúcar a ese precio. Sin embargo, cuando mi madre me vendió por diez escudos patagones en la costa de Guinea, me decía: "Querido hijo, bendice a nuestros ídolos, adóralos siempre, ha­rán que vivas feliz; tienes el honor de ser escla­vo de nuestros señores los blancos, y con ello procuras la felicidad de tu padre y de tu madre." ¡Qué lástima! No sé si conseguí hacerles felices, pero ellos no consiguieron que lo fuera yo. Los perros, los monos y los loros son mil veces me­nos desgraciados que nosotros; los curas holan­deses que me han convertido repiten todos los domingos que nosotros somos hijos de Adán, los blancos y los negros. No busco explicaciones ge­nealógicas; pero, si esos predicadores dicen la verdad, todos somos parientes. Sin embargo, de­beréis admitir que no se puede tratar de peor ma­nera a los parientes.
-¡Oh Pangloss! -exclamó Cándido-. Tú no habías sospechado semejante espanto; se ve que no tendré más remedio que renegar de tu opti­mismo.
-¿Qué es el optimismo? -preguntaba Cacambo.
-¡Qué dolor! -dijo Cándido-. "Es obstinar­se en defender con vehemencia que todo está bien cuando está mal."
Y lloraba al ver a su negro mientras entraban en Surinam.
Antes que nada se informan si hay disponible algún barco dispuesto a zarpar hacia Buenos Ai­res. Se dirigieron precisamente a uno cuyo patrón era un español, que se ofreció a cerrar un buen trato. Los citó en una fonda. Cándido y su fiel Cacambo le esperaron allí con sus dos carneros.
Cándido, que era muy sincero, le contó al es­pañol todas sus aventuras y le confesó su inten­ción de raptar a la señorita Cunegunda.
-No contéis conmigo para llevaros a Buenos Aires -le dice el patrón-; seguramente me co­gerían y a vos también; la bella Cunegunda es la favorita de monseñor.
Esas palabras fueron como un rayo para Cán­dido, lloró durante mucho tiempo, hasta que fi­nalmente llamó aparte a Cacambo y le dijo:
-Querido amigo, debes hacer lo siguiente:
Cada uno de nosotros disponemos de cinco o seis millones en diamantes; como tú eres más astuto que yo, vete a Buenos Aires y recupera a la se­ñorita Cunegunda. Si el gobernador pusiera algún obstáculo, entrégale un millón; si no lo acepta, ofrécele dos; como tú no has matado a ningún inquisidor, no desconfiarán de ti. Yo contrataré otro barco y te esperaré en Venecia: es un país libre, en el que no hay motivo para temer ni a los búlgaros, ni a los ábaros, ni a los judíos, ni a los inquisidores.
Cacambo aceptó una decisión tan sabia. Por una parte estaba triste por tener que separarse de un amo tan bueno, que había convertido en su amigo íntimo; pero, por otra, la alegría de ayu­darle era más fuerte que el dolor de la despedi­da. Se abrazaron llorando: Cándido le encargó que no se olvidara de la buena vieja. Cacambo partió aquel mismo día. ¡Cacambo era un hom­bre estupendo!
Cándido se quedó durante un tiempo en Su­rinam esperando que algún otro patrón quisiera trasladarle a Italia con los dos carneros que aún le quedaban. Contrató varios criados y compró todo lo necesario para una larga travesía; por fin, un tal señor Vanderdendur, dueño de un gran barco, se dirigió a él. Cándido le preguntó:
-¿Cuánto pedís por transportarme lo más de­recho posible a Venecia, a mí, a mis criados, mi equipaje, y a estos dos carneros?
El patrón acordó un precio de diez mil pias­tras; Cándido lo aceptó inmediatamente.
"¡Bueno!,-¡bueno!", decía para sus adentros el taimado Vanderdendur, "este extranjero acepta diez mil piastras sin regatear ¡Debe tener mucho dinero!" Así que, regresando a los pocos minu­tos, le dijo que no podía partir por menos de veinte mil.
-De acuerdo, trato hecho -dijo Cándido.
"Pues vaya", se dijo por lo bajinis el mercader, "este hombre acepta veinte mil piastras con la misma facilidad que diez mil."
Volvió otra vez y dijo que no podía llevarle a Venecia por menos de treinta mil piastras.
-Pues se os darán treinta mil -contestó Cán­dido.
"¡Vaya, vaya!", volvió a decirse el mercader ho­landés, "para este hombre treinta mil piastras no representan nada; esos dos carneros deben lle­var tesoros inmensos: no voy a insistir más; de momento que pague las treinta mil piastras y ya veremos luego."  
Cándido vendió dos diamantes pequeños, el menor de los cuales tenía más valor que todo lo que pedía el patrón. Le pagó por adelantado. Los dos carneros fueron embarcados en primer lugar, mientras Cándido iba detrás en un bote para reu­nirse con el barco en la ensenada; pero el patrón,  que esperaba el momento oportuno, echa las ve­las y leva anclas empujado por el viento. Cándi­do se queda pasmado y atónito perdiéndolo pronto de vista.
-¡Qué desgracia! -gritó-. Esta villanía es propia del viejo mundo.
Regresa a la orilla, profundamente dolorido, puesto que a fin de cuentas le habían robado el equivalente a la fortuna de veinte monarcas.
Va a casa de un juez holandés; y, como se en­contraba aún algo rabioso, golpea bruscamente la puerta; entra, expone su aventura y grita un poco más de la cuenta. El juez le pone primero una multa de diez mil piastras por el ruido que había metido; a continuación le escucha pacien­temente y le promete estudiar su caso en cuanto vuelva el patrón y le cobra otras diez mil piastras por las costas de la audiencia.
Aquello terminó con la paciencia de Cándido; realmente había soportado mil desgracias peores; pero la sangre fría del juez y la del patrón ladrón le encendieron la bilis y le sumieron en la más negra melancolía. Veía la horrorosa maldad de los hombres y sólo tenía pensamientos tristes. Al fin, como un barco francés iba a zarpar para Burde­os y como ya no tenía que embarcar los carne­ros cargados de diamantes, alquiló un camarote a buen precio y corrió la voz por la ciudad de que pagaría el pasaje y la comida y daría además dos mil piastras a aquel hombre honrado que le acompañara en el viaje, siempre y cuando ese hombre fuera el que sintiera más asco de su es­tado y se sintiera también el más desgraciado de la provincia.
Se presentaron tantos que ni una flota hu­biera bastado para acogerlos. Cándido, que que­ría elegir entre los más aparentes, seleccionó a unas veinte personas que le parecieron bastan­te sociables, todas merecían el puesto. Los reu­nió en la fonda y les dio de cenar, a condición de que cada uno jurara contar su verdadera his­toria, y les prometió elegir a aquél que parecie­ra más digno de compasión y que tuviera los motivos más justificados para estar descontento de su estado así como compensar de alguna ma­nera a los demás.
La sesión duró hasta las cuatro de la mañana. Mientras escuchaba Cándido todas aquellas aven­turas, recordaba lo que le había dicho la vieja cuando iban a Buenos Aires y la apuesta que ha­bía hecho, de que no había ni una sola persona en el barco a la que no le hubieran ocurrido enor­mes desgracias. A cada nueva historia que le na­rraban se acordaba de Pangloss: "El bueno de Pangloss", se decía, "tendría ahora muchos pro­blemas para demostrar su sistema. Me gustaría verlo aquí. El único sitio en que todo va bien es en Eldorado y no en el resto del mundo." Final­mente escogió a un pobre sabio que había tra­bajado durante diez años para los libreros de Amsterdam. Pensó que no había otro oficio en el mundo que pudiera producir más asco.
A este sabio, que era además un buen hom­bre, su mujer le había robado, le había pegado su hijo y había sido abandonado por una hija, que había procurado ser raptada por un portu­gués. Acababa de quedarse sin el modesto em­pleo con el que subsistía, y estaba sufriendo per­secución por parte de dos predicadores de Surinam que lo habían tomado por un sociniano. Desde luego todos los demás eran tan desgraciados como él, pero Cándido esperaba que aquel sabio le entretuviera en el viaje. Los otros rivales se quejaban de la injusticia que Cándido cometía con ellos, pero quedaron apaciguados al recibir cien piastras cada uno.

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