23/3/13

Cándido de Voltaire - Capítulo 14


CAPÍTULO XIV

Cándido y Cacambo son recogidos por los
jesuitas del Paraguay.



Cándido había traído consigo desde Cádiz a un criado como los que suele haber en las costas de España y en las colonias. Tenía un cuarto de es­pañol, nacido de un mestizo en Tucumán; había sido monaguillo, sacristán, marinero, fraile, re­presentante, soldado, criado. Se llamaba Cacambo y adoraba a su amo, porque su amo era un buen hombre. Ensilló precipitadamente los dos caballos andaluces.
-Vamos, amo, sigamos el consejo de la vieja y vayámonos corriendo sin tan siquiera despedirnos.
Cándido empezó a llorar:
-¡Oh, mi querida Cunegunda! Os tengo que abandonar justo en el momento en que el go­bernador iba a celebrar nuestra boda. ¿Qué será de vos, Cunegunda, en una tierra tan lejana de la vuestra?
-Será lo que ella quiera y pueda -comentó Cacambo-; las mujeres se las arreglan solas; Dios les ayuda; démonos prisa nosotros.
-¿Adónde me llevas? ¿Adónde vamos? ¿Qué haremos sin Cunegunda? -decía Cándido.
-Por Santiago de Compostela -dijo Cacambo-, ¿no ibais a guerrear contra los jesuitas? Pues vayamos ahora a luchar con ellos: conozco bas­tante bien el camino, os guiaré hasta su reino, les alegrara tener un capitán que sepa la instrucción al estilo búlgaro, conseguiréis una fortuna extra­ordinaria: cuando uno no tiene sitio en un lugar, lo halla en otro. Ver y hacer cosas nuevas pro­duce un gran placer.
-¡Por lo visto tú has estado anteriormente en Paraguay! -dice Cándido.
-¡Claro que sí! -contestó Cacambo-; traba­jé de criado en el colegio de la Asunción y me co­nozco el territorio de los Padres como las calles de Cádiz. Aquel territorio es algo admirable. Tie­ne una extensión de mas de trescientas leguas de diámetro y esta dividido en treinta provincias. Los Padres son dueños de todo y la gente no posee nada; es la obra maestra de la razón y la justicia. Yo no encuentro nada tan extraordinario como los Padres, que aquí luchan contra el rey de España y el de Portugal, y que allí, en Europa, confiesan a esos mismos reyes; que aquí matan a españoles, y que en Madrid los envían al cielo: es algo por­tentoso; vayamos hacia allá: vais a ser el mas feliz de todos los hombres. ¡Cuanto se van a alegrar los Padres cuando sepan que les llega un capitán que domina la instrucción búlgara!
Nada mas llegar al primer puesto defensivo, Cacambo le dijo al centinela que un capitán so­licitaba audiencia al señor comandante. Avisaron a la guardia mayor. Un oficial paraguayo corrió hasta donde estaba el comandante para comuni­carle la noticia. Primero los desarmaron y luego se apoderaron de sus dos caballos andaluces. A continuación conducen a los dos extranjeros por entre dos filas de soldados al final de las cuales se encontraba el comandante tocado con el bo­nete, con la sotana remangada, la espada ladea­da y un espontón en la mano. A una señal suya veinticuatro soldados rodean al instante a los dos recién llegados. Un sargento les comunica que tienen que esperar, que el comandante no pue­de hablar con ellos, ya que el reverendo padre provincial sólo autoriza a los españoles a hablar en su presencia y a permanecer en el país no mas de tres horas.
-¿Y dónde esta el reverendo padre provin­cial? -preguntó Cacambo.
-Después de decir misa se marchó al desfile -contestó el sargento- y hasta dentro de tres horas no podréis besar sus espuelas.
-Pero -dijo Cacambo- el señor capitán, que se esta muriendo de hambre al igual que yo, no es español sino alemán; ¿no podríamos comer algo mientras esperamos a su Reverencia?
De inmediato el sargento fue a trasladar la con-, versación al comandante.
-¡Alabado sea Dios! -dijo este señor-. Como alemán, puedo hablar con él; que lo lle­ven a mi terraza.
Enseguida llevan a Cándido a una pérgola, adornada con una majestuosa columnata de mar­mol verde y oro, y jaulas con loros, colibríes, pá­jaros-mosca, pintadas y otras exóticas aves. Esta­ba dispuesto allí un excelente desayuno en vajilla de oro; y mientras los paraguayos comían maíz en cuencos de madera, en medio del campo y a pleno sol, el reverendo padre comandante entró en la terraza.
Era un joven muy atractivo, de cara rolliza, bastante blanco pero de rostro encendido, las ce­jas arqueadas, vivos los ojos, la oreja encarnada y los labios colorados, de aspecto arrogante pero de una arrogancia que no era ni la de un espa­ñol ni la de un jesuita. Cándido y Cacambo re­cuperaron las armas que les habían quitado, así como los dos caballos andaluces a los que Cacambo echó de comer avena no lejos de la te­rraza, sin perderlos de vista por miedo a cualquier imprevisto.
Lo primero que hizo Cándido fue besar la es­tola del comandante, luego se sentaron a la mesa.
-¿Así que sois alemán? -le preguntó el je­suita en ese idioma.
-Sí, reverendo padre -contestó Cándido. Mientras pronunciaban estas palabras, ambos se observaban con una enorme sorpresa y con una emoción imposible de contener.
-¿Y de qué parte de Alemania sois? -dijo el jesuita.
-De la sucia provincia de Westfalia -dijo Cándido-; nací en el castillo de Thunder-ten­tronckh.
-¡Oh Dios mío!, ¿es esto cierto? -exclamó el comandante.
-¡Es un milagro! -exclamó Cándido.
-Pero, ¿sois vos? -dice el comandante.
-No es posible -dice Cándido. Comienzan a dar saltos de alegría y se abrazan llorando.
-¡Cómo! ¡No puede ser posible, reverendo
padre! ¡Vos, el hermano de la bella Cunegunda!
¡Vos, a quien los búlgaros mataron! ¡Vos, el hijo del señor barón! ¡Vos, jesuita en Paraguay! Desde luego, ¡qué cosas más extrañas pasan en el mundo! ¡Oh, Pangloss! ¡Pangloss! ¡Qué feliz seríais si no os hubiesen colgado!
El comandante despachó a los esclavos negros y a los paraguayos que estaban sirviendo la be­bida en copas de cristal de roca. Daba una y mil veces gracias a Dios y a San Ignacio; abrazaba a Cándido; lloraban los dos a mares.
-Estaríais más sorprendido, emocionado y trastornado -dijo Cándido-, si supierais que vuestra hermana, la señorita Cunegunda, a la que vos creéis reventada, está rebosante de salud.
-¿Dónde?
-Por aquí cerca, en casa del señor goberna­dor de Buenos Aires; y yo venía para luchar con­tra vos.
A cada nueva palabra de su larga conversa­ción, la sorpresa iba en aumento. Su alma ente­ra se manifestaba en su lengua, en sus. oídos y en el brillo de sus ojos. Como eran alemanes, per­manecieron mucho tiempo de sobremesa, espe­rando al reverendo padre provincial; y el co­mandante habló así a su querido Cándido.

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