20/3/13

Cándido de Voltaire - Capítulo 11


CAPÍTULO XI
Historia de la vieja.



-No siempre he tenido los ojos congestiona­dos e inyectados en sangre; ni siempre mi nariz ha estado junto a la barbilla ni he sido siempre criada. Soy hija del papa Urbano X y de la prin­cesa de Palestrina. Hasta los catorce años fui edu­cada en un palacio para el que ninguno de los castillos de vuestros barones alemanes hubiera valido ni tan siquiera de establo; y cualquiera de mis vestidos costaba más que todos los lujos de Westfalia. Yo iba creciendo en belleza, salero, ta­lento, entre placeres, afectos y esperanzas. Ya empezaba a inspirar amor y mi pecho se estaba formando; ¡qué pecho! Blanco, firme, esculpido como el de la Venus de Médicis; y ¡qué ojos!, ¡qué pestañas!, ¡qué cejas más negras! Mis ojos titila­ban de tal modo que eclipsaban el resplandor de las estrellas, como me decían los poetas del ba­rrio. Las doncellas que me vestían y me desnu­daban se quedaban extasiadas al contemplarme por delante y por detrás; y todos los hombres hu­bieran querido estar en su lugar.
       Fui prometida con un príncipe soberano de Massa-Carrara. ¡Qué príncipe! Tan guapo como yo, y además tierno, afectuoso, inteligente y muy enamorado. Yo lo amaba como se ama la prime­ra vez, con adoración, con pasión. Prepararon la boda. ira una boda fastuosa, de un lujo extraor­dinaria; había fiestas, carruseles, óperas bufas sin parar; y toda Italia me compuso sonetos tan excelentes que no había ni uno mediocre. Se acer­caba ya el momento de mi felicidad, cuando una vieja marquesa que había sido la amante de mi príncipe le invitó a su casa a tomar chocolate. Mu­rió en menos de dos horas entre horribles convulsiones. Pero eso no es nada. Mi madre, de­sesperada, aunque mucho menos que yo, quiso alejarse durante una temporada de un lugar tan funesto. Tenía una propiedad muy hermosa cer­ca de Gaeta. Embarcamos en una galera de la zona, dorada como un altar de San Pedro de Roma. Pero de repente un corsario marroquí nos aborda; nuestros soldados se defendieron como si fueran soldados del papa: tiraron las armas y se arrodillaron pidiéndole al corsario una abso­lución «in articulo mortis".
«Inmediatamente los dejaron completamente desnudos como monos, y a mi madre y a nues­tras damas de honor y también a mí. Es admira­ble la rapidez con la que estos señores desnudan a la gente. Pero lo que más me sorprendió es que nos metieron a todos el dedo por ese sitio por el que las mujeres sólo solemos dejar que nos me­tan lavativas. Aquella ceremonia me extrañó enormemente, porque, cuando uno no viaja fue­ra de Su país, considera todo muy raro. Ensegui­da me enteré de que estaban comprobando si habíamos escondido allí algún diamante: parece ser una costumbre establecida desde tiempos inme­moriales entre las naciones cultas que surcan los mares. Me han dicho que los caballeros de Mal­ta nunca dejan de hacerlo cuando apresan a tur­cos y turcas; es una ley del derecho natural que nunca se ha derogado.
»No tengo palabras con las que expresar lo duro que resulta para una joven princesa ser lle­vada como esclava a Marruecos con su madre. Os podéis imaginar cuánto sufrimos en el barco pi­rata. Mi madre era bellísima todavía; incluso nuestras doncellas y nuestras criadas tenían más encanto del que pueda haber en toda África. En cuanto a mí, era un encanto, una belleza, la mis­mísima gracia, y era virgen. Pronto dejé de serlo: aquella flor que había sido reservada para el prín­cipe de Massa-Carrara me fue arrebatada por el capitán corsario; era un negro detestable, que cre­ía que me estaba haciendo un favor. En verdad que la señora princesa de Palestrina y yo debi­mos ser muy fuertes para resistir todo lo que re­sistimos hasta llegar a Marruecos. Pero, dejé­moslo, son cosas tan frecuentes que no vale la pena hablar de ellas.
«Cuando llegamos a Marruecos, estaba ahoga­do en sangre. Cada uno de los cincuenta hijos del emperador Mulei-Ismäl tenía sus partidarios, lo que originaba en la realidad cincuenta guerras ci­viles, negros contra negros, negros contra mula­tos, mulatos contra mulatos: aquello era una car­nicería continua a lo largo de todo el imperio.
»En cuanto desembarcamos, unos negros de la facción enemiga a la de mi corsario se presenta­ron para robarle el botín. Tras los diamantes y el oro, nosotras éramos lo más valioso. Presencié una pelea como no se ven en Europa. Los pue­blos del norte no tienen la sangre tan ardiente, ni se encelan de las mujeres como por lo gene­ral ocurre en África. Parece que los europeos tu­vieran leche en las venas mientras que por las de los habitantes del monte Atlas y de los países ve­cinos corre fuego, ácido. Lucharon con la misma furia de los leones, los tigres y las serpientes del lugar, para decidir quién sería nuestro dueño. Un moro tiraba del brazo derecho de mi madre, el teniente de mi capitán tiraba del brazo izquier­do, un soldado moro la cogió por una pierna, uno de nuestros piratas la retenía por la otra. En cuestión de unos segundos, casi todas nuestras criadas se encontraron tiradas así por cuatro sol­dados. Mi capitán me escondía detrás de él mien­tras empuñaba la cimitarra, matando a todo el que se ponía enfrente de él. Por último, vi a to­das nuestras criadas y a mi madre desgarradas, despedazadas, degolladas por aquellos mons­truos, que se las disputaban entre sí. Los cauti­vos, los piratas, los soldados, los marineros, los negros, los blancos, los mulatos, y mi capitán también, todos perecieron, y yo quedé moribun­da sobre un montón de cadáveres. Aquellas es­cenas eran frecuentes, ya se sabe, en más de tres­cientas leguas a la redonda, sin que por ello se dejara de rezar las cinco oraciones diarias man­dadas por Mahoma.
»Con dificultad logré salir de entre aquel enor­me montón de cadáveres, ensangrentados, y fui a rastras hasta un gran naranjo a orillas de un cer­cano riachuelo, donde me desplomé vencida por el terror, por el cansancio, por el horror, por la desesperación y por el hambre. Enseguida, mis sentidos, que estaban muy debilitados, se entre­garon a un sueño que era más desmayo que re­poso. Me encontraba en ese estado de debilidad e insensibilidad, ese estado entre la vida y la muerte, cuando sentí que algo se movía encima de mí, oprimiendo mi cuerpo; abrí los ojos, y con­templé a un hombre blanco, de buen aspecto, que suspiraba y susurraba entre dientes: O che sciagura d'essere senza c...! ¡Qué desgracia no te­ner c....!

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