19/3/13

Cándido de Voltaire - Capítulo 10


CAPÍTULO X

Pobreza de Cándido, Cunegunda y la vieja
basta llegar a Cádiz, donde embarcan.



-¿Quién me ha podido robar mi dinero y mis joyas? -decía llorando Cunegunda-; ¿de qué vamos a vivir?, ¿cómo nos las vamos a apañar?, ¿dónde vamos a encontrar inquisidores y judíos que me regalen otras?
-¡Ay! -dijo la vieja-, seguramente aquel re­verendo padre franciscano que se alojó ayer en la misma posada que nosotros en Badajoz, ¡Dios me libre de pensar mal!, pero entró por dos ve­ces en nuestro cuarto, y partió mucho antes que nosotros.
-¡Ay! -dijo Cándido-, me demostraba el buen Pangloss que todos los bienes de la tierra son comunes a todos los hombres, y que todos tienen igual derecho sobre ellos, por lo tanto ese franciscano, según estos principios, debería ha­bernos dejado algo para terminar el viaje. ¿Así que no nos queda absolutamente nada, mi bella Cunegunda?
-Ni un maravedí -dijo.
-¿Qué decidimos? -dijo Cándido. -Vendamos uno de los caballos -contestó la vieja-; montaré en la grupa detrás de la señori­ta, aunque sólo pueda sentarme de un lado, y lle­garemos a Cádiz.
Un prior de benedictinos que se hospedaba allí mismo compró el caballo por poco dinero. Cándido, Cunegunda y la vieja pasaron por Lucena, por Chillas, por Lebrija, y llegaron por fin a Cádiz. Aquí se estaba organizando una expe­dición, reuniendo tropas que hicieran entrar en razón a los reverendos padres jesuitas de Para­guay, a los que se les acusaba de haber incitado a la sublevación a una de sus hordas contra los reyes de España y Portugal, cerca de la ciudad del Santo Sacramento. Cándido, por haber servi­do ya a los búlgaros, ejecutó la instrucción búl­gara ante el general de aquel pequeño ejército con tanto estilo, rapidez, destreza, elegancia y agilidad que le encargaron del mando de una compañía de infantería. Ya es capitán, embarca con la señorita Cunegunda, la vieja, dos criados y los dos caballos andaluces que habían perte­necido al inquisidor de Portugal.
Durante toda la travesía razonaron mucho so­bre la filosofía del pobre Pangloss.
-Nos dirigimos a un mundo distinto -decía Cándido-; sin duda debe ser allí donde todo está bien. Porque debemos reconocer que en el nues­tro existen muchas cosas, en lo físico y en lo mo­ral, que nos pueden hacer llorar.
-Os amo con todo mi corazón -decía Cu­negunda-; pero mi alma aún está horrorizada por todo cuanto he visto y sufrido.
-Todo irá bien -contestaba Cándido-; el mar de este nuevo mundo ya es mejor que los de nuestra Europa, es más tranquilo y los vien­tos más constantes. No cabe duda de que el nue­vo mundo es el mejor de los mundos posibles.
-¡Dios te oiga! -decía Cunegunda-; pero he sido tan espantosamente desgraciada en el mío que mi corazón casi no concibe ninguna es­peranza.
-Os quejáis -les dice la vieja-; ¡ay!, sin em­bargo vuestras desdichas no son como las mías.
Cunegunda se echó a reír encontrando gra­cioso que aquella buena mujer pretendiera haber sido más desgraciada que ella.
-¡Ay!-le dijo-, amiga mía, a no ser que ha­yáis sido violada por dos búlgaros, que os hayan rajado el vientre dos veces, que os hayan derri­bado dos castillos, que hayan degollado ante vuestra presencia a dos madres y dos padres, y que hayáis visto a dos amantes vuestros azotados en un auto de fe, no veo en qué podáis aventa­jarme; y a eso debéis añadir que nací baronesa con setenta y dos linajes, y he trabajado de coci­nera.
-Señorita -contestó la vieja-, desconocéis mi origen; y, si yo os enseñara mi culo, no ha­blaríais de esa manera ni seguiríais opinando.
Este comentario despertó una enorme curio­sidad en el espíritu de Cunegunda y de Cándido. La vieja les habló en estos términos.

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