25/3/13

Cándido de Voltaire - Capítulo 16


CAPITULO XVI

Aventuras de los dos viajeros con dos muchachas, dos monos y con unos salvajes apodados orejudos.



Cándido y su criado ya habían atravesado las líneas defensivas y en el campamento aún nadie había descubierto la muerte del jesuita alemán. Cacambo, que era muy previsor, había llenado el zurrón de pan, chocolate, jamón, fruta y algunos cántaros de vino. Se internaron con sus caballos andaluces en una tierra desconocida, en la que no encontraron ningún camino. Por fin apareció ante ellos una espléndida pradera surcada de arroyos. Nuestros viajeros dejan pastar a las ca­balgaduras, y mientras Cacambo propone a su amo comer comienza él mismo:
-¿Cómo quieres -decía Cándido- que coma jamón, cuando he matado al hijo del señor barón, y cuando me estoy condenando a no ver ya en toda mi vida a la bella Cunegunda? ¿Para qué quiero alargar mis miserables días si debo vi­virlos sin ella entre los remordimientos y la de­ sesperación? ¿Y cuáles serán los comentarios del periódico de los jesuitas de Trévoux?
Mientras hablaba, no paraba de comer. Ano­checía ya cuando los dos descaminados oyeron unos gritos agudos que parecían propios de mu­jeres. No distinguían bien si eran gritos de dolor o de alegría; pero se pusieron en pie precipita­damente con esa especie de inquietud y de alar­ma que en un lugar desconocido provoca cual­quier cosa. Aquellos gritos provenían de dos muchachas completamente desnudas, que corrí­an apresuradamente por un extremo de la pra­dera, mientras dos monos las perseguían mor­diéndoles las nalgas. Cándido se apiadó y, como los búlgaros le habían enseñado a disparar, hu­biera acertado a una avellana en el matorral sin tocar las hojas. Coge su fusil, tira y mata a los dos monos.
-¡Dios sea alabado, mi querido Cacambo! Acabo de salvar de un gran peligro a esas dos in­felices criaturas: si pequé por matar a un inqui­sidor y a un jesuita, lo acabo de enmendar con largueza salvando la vida de estas dos mucha­chas. Quizás sean dos señoritas de noble posi­ción, y esta aventura nos pueda ser de utilidad en el país.
Iba a seguir hablando, pero se quedó mudo al contemplar cómo aquellas muchachas abraza­ban con ternura a los dos monos, lloraban amar­gamente sobre sus cuerpos y chillaban con au­téntico dolor.
-Me sorprende tanta bondad -le dijo al fin a Cacambo; el cual le replicó:
-¡Buena la habéis hecho, mi amo! ¡Habéis matado a los dos amantes de estas señoritas!
-¿Sus amantes? ¿Pero es posible? Me estáis to­mando el pelo, Cacambo; ¿cómo va a ser verdad?
-Querido amo -contestó Cacambo-, siem­pre os asombráis por todo; ¿por qué os parece tan raro que en ciertos países haya monos a los que las damas conceden sus gracias? Son medio hombres, como yo soy medio español.
-¡Lástima! -continuó Cándido-, recuerdo haber oído decir a mi maestro Pangloss que en otros tiempos ocurrían tales accidentes y que es­tas mezclas habían originado egipanes, faunos y sátiros; que algunos personajes importantes de la antigüedad los habían visto; pero yo creía que eran fábulas.
-Pues ahora debéis estar seguro de que es verdad-dice Cacambo-, ya habéis podido ver el comportamiento de las personas salvajes; lo que temo ahora es que a estas damas se les ocu­rra hacemos alguna faena.
Estos comentarios tan contundentes incitaron a Cándido a alejarse de la pradera, y a adentrarse en un bosque. Allí cenaron ambos y, tras haber mal­decido al inquisidor de Portugal, al gobernador de Buenos Aires y al barón, se durmieron sobre la hierba. Cuando despertaron, vieron que no podí­an moverse debido a que, durante la noche, los orejudos, habitantes del país, a quienes las dos da­mas los habían denunciado, los habían atado con cuerdas hechas con corteza de árbol. Les rodea­ban unos cincuenta salvajes completamente des­nudos, armados con flechas, mazos y hachas de piedra: unos ponían a hervir una gran caldera, otros preparaban los asadores y todos gritaban:
-¡Es un jesuita! ¡Es un jesuita! ¡Nos vengare­mos y comeremos opíparamente; comamos je­suita, comamos jesuita!
-Ya os lo había advertido yo, querido amo -exclamó con tristeza Cacambo-, que esas dos muchachas nos iban a hacer una mala jugada.
Cándido exclamó al ver la caldera y los asa­dores:
-Con toda seguridad nos van a asar o a her­vir. ¡Ah ¿Qué diría ahora mi maestro Pangloss si viera de qué está hecha la verdadera naturaleza? Todo está bien; lo admito, pero confieso que es una crueldad perder a la señorita Cunegunda y ser asado por unos orejudos.
Pero Cacambo nunca perdía la cabeza.
-No debemos perder la esperanza -le dijo al compungido Cándido-; comprendo un poco la jerga de esta gente, voy a hablarles.
-Procurad convencerles -dijo Cándido-de que cocer a los hombres es un acto espantosa­mente inhumano y muy poco cristiano.
-Señores -dijo Cacambo-, ¿así que quieren comerse hoy a un jesuita? Eso está muy bien; no hay nada más justo que tratar así a los enemigos. Efectivamente, el derecho natural nos enseña a matar al prójimo, y así es como se hace en todo el mundo. Si nosotros no hacemos uso del dere­cho a comerlo, será porque podemos comer muy bien otras cosas; pero ustedes no disponen de los mismos recursos que nosotros y desde luego es preferible comerse a los enemigos que ofrecer a los cuervos y cornejas el fruto de la victoria. Pero, señores, ustedes no pretenderán comerse a sus amigos. Ustedes piensan que van a asar a un je­suita, y resulta que van a asar a su defensor, al enemigo de sus enemigos. Por lo que a mí respecta, yo nací aquí, en su país; este señor que veis es mi amo, y no sólo no es jesuita sino que acaba de matar a un jesuita, va vestido con sus ropas; ésta es la causa de vuestra repulsa. Si quie­ren comprobar lo que les estoy diciendo, cojan su sotana, llévenla a la frontera del reino de los padres y averiguen si mi amo ha matado a un ofi­cial jesuita. En poco tiempo estarán de vuelta y, si descubren que les he mentido, todavía podrán comernos, pero, si les he dicho la verdad, cono­cen muy bien los principios del derecho públi­co, las costumbres y las leyes como para no con­cedernos el perdón.
Los orejudos encontraron este discurso muy razonable; nombraron a dos notables para que fueran rápidamente a informarse de la verdad; los dos enviados actuaron con inteligencia y regre­saron enseguida con buenas noticias. Los oreju­dos liberaron a los dos prisioneros, les trataron con todo esmero, les presentaron muchachas, les ofrecieron refrescos y los condujeron hasta la frontera de su país, gritando con alborozo:
-¡No es jesuita! ¡No es jesuita!
Cándido no se cansaba en absoluto de admi­rar el motivo de su liberación:
-¡Qué pueblo! -decía-, ¡qué gente!, ¡qué costumbres! Si no llego a tener la suerte de dar­le una buena estocada al hermano de la señori­ta Cunegunda, hubiera sido comido sin remedio. Pero, pensándolo bien, la verdadera naturaleza es buena, puesto que estas gentes, en lugar de co­merme, han sido muy corteses al enterarse de que no era jesuita.

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