24/3/13

Cándido de Voltaire - Capítulo 15


CAPÍTULO XV

Cándido mata al hermano de su querida
Cunegunda.



-Siempre retendré en mi memoria el horri­ble día en que vi cómo asesinaban a mi padre y a mi madre y violaban a mi hermana. Cuan­do los búlgaros se hubieron retirado, no se en­contró por ninguna parte a mi adorable her­mana, y nos metieron a mi madre, a mi padre y a mí, a dos criados y a tres niños degollados sobre una carreta en la que nos llevaban a en­terrar a una capilla de los jesuitas, a dos leguas del castillo de mis padres. Un jesuita nos bendijo con agua bendita que estaba horriblemen­te salada; algunas gotas me cayeron dentro de los ojos: el padre observó que movía ligera­mente los párpados y me puso la mano en el corazón, y vio que latía; me socorrieron, y a las tres semanas estaba completamente restableci­do.
»Sabéis, mi querido Cándido, que yo era muy atractivo y aún me volví mucho más; en­tonces el reverendo padre Croust, superior de la casa, me tomó mucho cariño y me concedió el hábito de novicio; poco tiempo después fui enviado a Roma. El padre general necesitaba reclutar a jóvenes jesuitas alemanes, ya que los soberanos del Paraguay reciben al menor nú­mero posible de jesuitas españoles; prefieren a los extranjeros, pues les dan mayor seguri­dad. El reverendo padre general consideró que yo era persona idónea para venir a traba­jar en esta viña del señor. Partimos un polaco, un tirolés y yo. A mi llegada me distinguieron con el subdiaconado y con el grado de te­niente; hoy ya soy coronel y sacerdote. Lu­chamos denodadamente contra las tropas del rey de España; os aseguro que serán exco­mulgadas y vencidas. La Providencia os envía aquí para ayudarnos. ¿Pero de verdad que mi querida hermana está aquí cerca, en casa del gobernador de Buenos Aires?
Cuando Cándido le juró que todo eso era com­pletamente cierto, de nuevo se puso a llorar desconsoladamante.
El barón abrazaba una y otra vez a Cándido; le llamaba hermano mío, mi libertador y le de­cía:
-¡Ay! Querido Cándido, quizás podamos en­trar victoriosos en la ciudad y rescatar a mi her­mana Cunegunda.
-Eso es lo que más deseo -dijo Cándido­
porque porque yo esperaba casarme con ella y todavía lo espero.
-¡Vos, qué insolencia! -contestó el ba­rón-. ¡Os atreveríais a casaros con mi herma­na, que tiene setenta y dos linajes! ¡Sois muy audaz al hablarme de una propuesta tan des­cabellada!
Cándido, petrificado por tal respuesta, le con­testó:
-Reverendo padre, todos los linajes del mun­do no valen nada; he salvado a vuestra hermana de las garras de un judío y de un inquisidor; me debe un gran favor y quiere casarse conmigo. El maestro Pangloss siempre afirmaba que todos los hombres son iguales; y tened la seguridad de que me casaré con ella.
-¡Eso está por ver, canalla -dijo el jesuita barón de Thunder-ten-tronckh, mientras le daba un golpetazo en la cara con la hoja de la espa­da. Al instante Cándido desenvaina la suya y la mete hasta el puño en el vientre del barón je­suita; pero, al retirarla todavía caliente, se echó a llorar:
-¡Qué desgracia, Dios mío! -dice-. Acabo de matar a mi antiguo amo, a mi amigo, a mi cu­ñado; yo, que soy el mejor hombre del mundo, llevo ya matados tres hombres y dos de ellos sa­cerdotes.
Enseguida acudió Cacambo, que estaba ha­ciendo la guardia en la entrada de la terraza.
-Ya no nos queda más que defender nues­tras vidas -le dijo su amo-; seguramente ven­drán aquí; hay que morir blandiendo las armas.
Cacambo, que ya se las había visto en otras pe­ores, no perdió la cabeza; cogió la sotana que lle­vaba puesta el barón jesuita y se la puso a Cán­dido, le dio también el bonete del muerto y le hizo subir al caballo. Todo en un abrir y cerrar de ojos.
-Galopemos, amo; todos pensarán que sois un jesuita que va encargado de una misión y an­tes de que puedan perseguirnos ya habremos atravesado la frontera.
Iba volando al mismo tiempo que pronuncia­ba estas palabras y gritaba en español:
-¡Dejen paso, dejen paso al reverendo padre coronel!

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