27/3/13

Marx - El 18 brumario de Luis Bonaparte [capítulo 2]

Texto Completo

texto de análisis histórico de Carlos Marx

 CAPITULO 2

Capítulo II Reanudamos el hilo de los acontecimientos. La historia de la Asamblea Nacional Constituyente desde las jornadas de junio es la historia de la dominación y de la disgregación de la fracción burguesa republicana, de aquella fracción que se conoce por lo nombres de republicanos tricolores, republicanos puros, republicanos políticos, republicanos formalistas, etc.

Bajo la monarquía burguesa de Luis Felipe, esta fracción había formado la oposición republicana oficial y era, por tanto, parte integrante reconocida del mundo político de la época. Tenía sus representantes en las Cámaras y un considerable campo de acción en la prensa. Su órgano parisino, el National era considerado, a su modo, un órgano tan respetable como el Journal des Débats; a esta posición que ocupaba bajo la monarquía constitucional correspondía su carácter. No se trata de una fracción de la burguesía mantenida en cohesión por grandes intereses comunes y deslindada por condiciones peculiares de producción, sino de una pandilla de burgueses, escritores, abogados oficiales y funcionarios de ideas republicanas, cuya influencia descansaba en las antipatías personales del país contra Luis Felipe, en los recuerdos de la antigua república, en la fe republicana de un cierto número de soñadores, y sobre todo en el nacionalismo francés, cuyo odio contra los Tratados de Viena y contra la alianza con Inglaterra atizaba constantemente esta fracción. Una gran parte de los partidarios que tenía el National bajo Luis Felipe los debía a este imperialismo recatado, que más tarde, bajo la república, pudo enfrentarse, por tanto, con él, como un competidor aplastante, en la persona de Luis Bonaparte. Combatía a la aristocracia financiera, como lo hacía todo el resto e la oposición burguesa. La polémica contra el presupuesto, que en Francia se hallaba directamente relacionada en la lucha contra la aristocracia financiera, brindaba una popularidad demasiado barata y proporcionaba a los leading articles puritanos materia demasiado abundante, para que no se la explotase. La burguesía industrial le estaba agradecida por su defensa servil del sistema proteccionista francés, que él, sin embargo, acogía por razones más bien nacionales que nacional-económicas; la burguesía, en conjunto, le estaba agradecida por sus odiosas denuncias contra el comunismo y el socialismo. Por lo demás, el partido del National era puramente republicano, exigía que el dominio de la burguesía adoptase formas republicanas en vez de monárquicas, y exigía sobre todo su parte de león en este dominio. Respecto a las condiciones de esta transformación, no veía absolutamente nada claro. Lo que, en cambio, vía claro como la luz del sol y lo que se declaraba públicamente en los banquetes de la reforma en los últimos tiempos del reinado de Luis Felipe, era su impopularidad entre los pequeños burgueses demócratas y sobre todo entre el proletariado revolucionario. Estos republicanos puros -los republicanos puros son así- estaban completamente dispuestos a contentarse por el momento con una regencia de la duquesa de Orleans, cuando estalló la revolución de febrero y asignó a sus representantes más conocidos un puesto en el Gobierno provisional. Poseían, de antemano, naturalmente, la confianza de la burguesía ay la mayoría de la Asamblea Nacional Constituyente. De la Comisión ejecutiva que se formó en la Asamblea Nacional al reunirse ésta, fueron inmediatamente excluidos los elementos socialistas del Gobierno provisional, y el partido del National se aprovechó del estallido de la insurrección desde junio para dar el pasaporte a la Comisión ejecutiva, y desembarazarse así de sus rivales más afines, los republicanos pequeñoburgueses o republicanos demócratas (Ledru-Rollin, etc.). Cavaignac, el general del partido republicano burgués, que había dirigido la batalla de junio, sustituyó a la Comisión ejecutiva con una especie de poder dictatorial. Marrast, antiguo redactor jefe del National, se convirtió en el presidente perpetuo de la Asamblea Nacional Constituyente, y los ministerios y todos los demás puestos importantes cayeron en manos de los republicanos puros.

La fracción burguesa republicana, que había venido considerándose desde hacía mucho tiempo como la legítima heredera de la monarquía de Julio vio así superadas sus esperanzas más audaces, pero no llegó al poder como soñara bajo Luis Felipe, por una revuelta liberal de la burguesía contra el trono, sino por una insurrección sofocada a cañonazos, del proletariado contra el capital. Lo que ella se había imaginado como el acontecimiento más revolucionario resultó ser, en realidad, el más contrarrevolucionario. Le cayó el fruto en el regazo, pero no cayó del árbol de la vida, sino del árbol de conocimiento.

La exclusiva dominación de los republicanos burgueses sólo duró desde el 24 de junio hasta el 10 de diciembre de 1848. Esta etapa se resume en la redacción de una Constitución republicana, y en la proclamación del estado de sitio en París.

La nueva Constitución no era, en el fondo, más que una reedición republicanizada de la Carta Constitucional, de 1830. El censo electoral restringido de la monarquía de Julio, que excluía de la dominación política incluso a una gran parte de la burguesía, era incompatible con la existencia de la república burguesa. La revolución de febrero había proclamado inmediatamente el sufragio universal y directo para reemplazar el censo restringido. Los republicanos burgueses no podían deshacer este hecho. Tuvieron que contentarse con añadir la condición restrictiva de un domicilio mantenido durante seis meses en el punto electoral. La antigua organización administrativa, municipal, judicial, militar, etc., se mantuvo intacta, y allí donde la Constitución la modificó, estas modificaciones afectaban al índice y no al contenido; al nombre, no a la cosa.

El inevitable Estado Mayor de las libertades de 1848, la libertad personal, de prensa, de palabra, de asociación, de reunión, de enseñanza, de culto, etc., recibió un uniforme constitucional, que hacía a éstas invulnerables. En efecto, cada una de estas libertades era proclamada como el derecho absoluto del ciudadano francés, pero con un comentario adicional de que estas libertades son ilimitadas en tanto en cuanto no son limitadas por los «derechos iguales de otros y por la seguridad pública», o bien por «leyes» llamadas a armonizar estas libertades individuales entre sí y con la seguridad pública. Así, por ejemplo: «Los ciudadanos tienen derecho a asociarse, a reunirse pacíficamente y sin armas, a formular peticiones y a expresar sus opiniones por medio de la prensa o de otro modo. El disfrute de estos derechos no tiene más límite que los derechos iguales de otros y a la seguridad pública» (cap. II de la Constitución francesa, art. 8). «La enseñanza es libre. La libertad de enseñanza se ejercerá según las condiciones que determina la ley y bajo control supremo del estado (lugar cit. art. 9). «El domicilio de todo ciudadano es inviolable, salvo en las condiciones previstas por la ley» (cap. II. art. 3), etc. Por tanto, la Constitución se remite constantemente a futuras leyes orgánicas, que han de precisar y poner en práctica aquellas reservas y regular el disfrute de estas libertades ilimitadas, de modo que no choquen entre sí, ni con la seguridad pública. Y esta leyes orgánicas fueron promulgadas más tarde por los amigos del orden, y todas esas libertades reguladas de modo que la burguesía no chocase en su disfrute con los derechos iguales de las otras clases. Allí donde veda completamente «a los otros» estas libertades, o consiente su disfrute bajo condiciones que son otras tantas celadas policíacas, lo hace siempre, pura y exclusivamente, en interés de la «seguridad pública», es decir, de la seguridad de la burguesía, tal y como lo ordena la Constitución. En lo sucesivo, ambas partes invocan, por tanto, con pleno derecho, la Constitución: los amigos del orden al anular todas esas libertades, y los demócratas, al reivindicarlas todas. Cada artículo de la Constitución contiene, en efecto, su propia antítesis, su propia cámara alta y su propia cámara baja. En la frase general, la libertad; en el comentario adicional, la anulación de la libertad. Por tanto, mientras se respetase el nombre de la libertad y sólo se impidiese su aplicación real y efectiva -por la vía legal se entiende-, la existencia constitucional de la libertad permanecía íntegra, intacta, por mucho que se asesinase su existencia común y corriente.

Sin embargo, esta Constitución, convertida en inviolable de un modo tan sutil, era como Aquiles, vulnerable en un punto, no en el talón, sino en la cabeza, o mejor dicho en las dos cabezas en que culminaba: la Asamblea Legislativa, de una parte, y, de otra, el presidente. Si se repasa la Constitución, se verá que los únicos artículos absolutos, positivos, indiscutibles y sin tergiversación posible, son los que determinan las relaciones entre el presidente y la Asamblea Legislativa. En efecto, aquí se trataba, para los republicanos burgueses, de asegurar su propia posición. Los artículos 45-70 de la Constitución están redactados de tal forma, que la Asamblea Nacional puede eliminar el presidente de un modo constitucional, mientras que el presidente sólo puede eliminar a la Asamblea Nacional inconstitucionalmente, desechando la Constitución misma. Aquí, ella misma provoca, pues, su violenta supresión. No sólo consagra la división de poderes, como la Carta Constitucional de 1830, sino que la extiende hasta una contradicción insostenible. El juego de los poderes constitucionales, como Guizot llamaba a las camorras parlamentarias entre el poder legislativo y el ejecutivo, juega en la Constitución de 1848 constantemente va banque. De un lado, 750 representantes del pueblo, elegidos por sufragio universal y reelegibles, que forman una Asamblea Nacional que goza de omnipotencia legislativa, que decide en última instancia acerca de la guerra, de la paz y de los tratados comerciales, la única que tiene el derecho de amnistía y que con su permanencia ocupa constantemente el primer plano de la escena. De otro lado, el presidente, con todos los atributos del poder regio, con facultades para nombrar y separar a sus ministros, independientemente de la Asamblea Nacional, con todos los medios del poder ejecutivo en sus manos, siendo el que distribuye todos los puestos y el que, por tanto, decide en Francia la suerte de más de millón y medio de existencias, que dependen de los 500.000 funcionarios y oficiales de todos los grados. Tiene bajo su mando todo el poder armado. Goza del privilegio de indultar a los delincuentes individuales, de dejar en suspenso a los guardias nacionales, de destituir, de acuerdo con el Consejo de Estado, los consejos generales y cantonales y los ayuntamientos elegidos por los mismos ciudadanos. La iniciativa y la dirección de todos los tratados con el extranjero son facultades reservadas a él. Mientras que la Asamblea Nacional actúa constantemente sobre las tablas, expuesta a la luz del día y a la crítica pública, el presidente lleva una vida oculta en los Campos Elíseos y, además, teniendo siempre clavado en los ojos y en el corazón el artículo 45 de la Constitución, que le grita un día tras otro: «frère, il faut mourir!» ¡Tu poder acaba el segundo domingo del hermoso mes de mayo del cuarto año de tu elección! ¡Y entonces, todo este esplendor se ha acabado y la función no puede repetirse, y si tienes deudas mira a tiempo cómo te las arreglas para saldarlas con los 600.000 francos que te asigna la Constitución, si es que acaso no prefieres dar con tus huesos en Clichy al segundo lunes del hermoso mes de mayo! A la par que asigna al presidente el poder efectivo, la Constitución procura asegurar a la Asamblea Nacional el poder moral. Aparte de que es imposible atribuir un poder moral mediante los artículos de una ley, la Constitución aquí vuelve a anularse a sí misma, al disponer que el presidente será elegido por todos los franceses mediante sufragio universal y directo. Mientras que los votos de Francia se dispersan entre los 750 diputados de la Asamblea Nacional, aquí se concentran, por el contrario en un solo individuo. Mientras que cada uno de los representantes del pueblo sólo representan a este o a aquel partido, a esta o aquella ciudad, a esta o aquella cabeza de puente o incluso a la mera necesidad de elegir a uno cualquiera que haga el número de los 750, sin parar mientes minuciosamente en la cosa ni en el nombre, él es el elegido de la nación, y el acto de su elección es el gran triunfo que se juega una vez cada cuatro años el pueblo soberano. La Asamblea Nacional elegida está en una relación metafísica con la nación, mientras que el presidente elegido está en una relación personal. La Asamblea Nacional representa, sin duda, en sus distintos diputados, las múltiples facetas del espíritu nacional, pero en el presidente se encarna este espíritu. El presidente posee frente a ella una especie de derecho divino, es presidente por la Gracia del Pueblo.

Tetis, la diosa del mar, había profetizado a Aquiles que moriría en la flor de la juventud. La Constitución, que tiene su punto vulnerable, como Aquiles, tenía también como éste el presentimiento de que moriría de muerte prematura. A los republicanos puros constituyentes les bastaba con echar desde el reino de nubes de su república ideal una mirada al mundo profano para darse cuenta de cómo a medida que se iban acercando a la consumación de su gran obra de arte legislativo, crecía por días la insolencia de los monárquicos, de los bonapartistas, de los demócratas, de los comunistas, y su propio descrédito, sin que, por tanto, Tetis necesitase abandonar el mar y confiarles el secreto. Intentaron salir astutamente al paso de la fatalidad con un ardid constitucional, mediante el artículo 111 de la Constitución, según el cual toda propuesta de revisión constitucional ha de votarse en tres debates sucesivos, con un intervalo de un mes entero entre cada debate, por las tres cuartas partes de votantes, por lo menos, y siempre y cuando que, además, voten no menos de 500 diputados del a Asamblea Nacional. Con esto no hacían más que el pobre intento de ejercer como minoría -porque ya se veían proféticamente como tal- un poder que en aquel momento, en que disponía de la mayoría parlamentaria y de todos los resortes del poder del Gobierno, se les iba escapando por días de las débiles manos.

Finalmente, en un artículo melodramático, la Constitución se confía «a la vigilancia y al patriotismo de todo el pueblo francés y de cada francés por separado», después que en otro artículo anterior había entregado ya los «vigilantes» y «patriotas» a los tiernos y criminalísimos cuidados del Tribunal Supremo, Haute Cour, creado expresamente por ella.

Tal era la Constitución de 1848, que no fue derribada el 2 de diciembre de 1851 por una cabeza, sino que se vino a tierra al contacto de un simple sombrero; cierto es que este sombrero era el tricornio napoleónico.

Mientras los republicanos burgueses de la Asamblea se ocupaban en cavilar, discutir y votar esta Constitución, Cavaignac mantenía, fuera de la Asamblea, el estado de sitio en París. El estado de sitio en París fue el comadrón de la Constituyente en sus dolores republicanos del parto. Si más tarde la Constitución fue muerta por las bayonetas, no hay que olvidar que también había sido guardada en el vientre materno y traída al mundo por las bayonetas, por bayonetas vueltas contra el pueblo. Los antepasados de los «republicanos honestos» habían hecho dar a su símbolo, la bandera tricolor, la vuelta por Europa. Ellos, a su vez, hicieron también un invento que se abrió por sí mismo paso por todo el continente, pero retornando a Francia con amor siempre renovado, hasta que acabó adquiriendo carta de ciudadanía en la mitad de sus departamentos: el estado de sitio. ¡Magnífico invento, aplicado periódicamente en cada una de las crisis sucesivas en el curso de la revolución francesa! Y el cuartel y el vivac, puestos así, periódicamente, por encima de la sociedad francesa para aplastarle el cerebro y convertirla en un ser tranquilo; el sable y el mosquetón, que periódicamente regentaban la justicia y la administración, ejercían tutela y censura, hacían funciones de policía y oficio de serenos, el bigote y la guerrera, que se preconizaban periódicamente como la sabiduría suprema y como los rectores de la sociedad, ¿no tenían necesariamente el cuartel y el vivac, el sable y el mosquetón, el bigote y la guerrea, que dar por último en la ocurrencia de que era mejor salvar a la sociedad de una vez para siempre, proclamando su propio régimen como el más alto de todos y descargando por completo a la sociedad burguesa del cuidado de gobernarse por sí misma? El cuartel y el vivac, el sable y el mosquetón, el bigote y la guerra tenían necesariamente que dar en esta ocurrencia, con tanta mayor razón cuanto que de este modo podían esperar también una mejor recompensa por sus altos servicios, mientras que limitándose a decretar periódicamente el estado de sitio y a salvar transitoriamente a la sociedad por encargo de esta o aquella fracción de la burguesía, se conseguía poco de sólido, fuera de algunos muertos y heridos y de algunas muecas amistosas de los burgueses. ¿Por qué el elemento militar no podía jugar por fin de una vez el estado de sitio en su propio interés y para su propio beneficio, sitiando al mismo tiempo las bolsas burguesas? Por lo demás, no olvidemos, digámoslo de pasada, que el coronel Bernard, aquel mismo presidente de la Comisión militar que bajo Cavaignac ayudó a mandar a la deportación sin juicio, a 15.000 insurrectos, vuelve a hallarse en este momento a la cabeza de las Comisiones militares que actúan en París.

Si los republicanos honestos, los republicanos puros, plantaron con el estado de sitio de París el vivero en que habían de criarse los pretorianos del 2 de diciembre de 1851 merecen en cambio que se ensalce en ellos el que, lejos de exagerar el sentimiento nacional como habían hecho bajo Luis Felipe, ahora cuando disponen del poder de la nación, se arrastran a los pies del extranjero, y en vez de liberar a Italia, hacen que vuelvan a ocuparla los austríacos y los napolitanos. La elección de Luis Bonaparte como presidente, el 10 de diciembre de 1848, puso fin a la dictadura de Cavaignac y a la Constituyente.

En el artículo 44 de la Constitución se dice: «El presidente de la República francesa no deberá haber perdido nunca la ciudadanía francesa». El primer presidente de la República francesa, L.N. Bonaparte, no sólo había perdido la ciudadanía francesa, no sólo había sido agente especial de la policía inglesa, sino que era incluso un suizo naturalizado.

Ya he puesto en otro lugar la significación de las elecciones del 10 de diciembre. No he de volver aquí sobre esto. Baste observar que fue una reacción de los campesinos, que habían tenido que pagar el coste de la revolución de febrero, contra las demás clases de la nación, una reacción del campo contra la ciudad. Esta reacción encontró gran eco en el ejército, al que los republicanos del National no habían dado fama ni aumento de sueldo; entre la gran burguesía, que saludó en Bonaparte el puente hacia la monarquía; entre los proletarios y los pequeños burgueses, que le saludaron como un azote para Cavaignac. Más adelante he de tener ocasión de examinar más en detalle el papel de los campesinos en la revolución francesa.

La época que va desde el 20 de diciembre de 1848 hasta la disolución de la Constituyente en mayo de 1849, abarca la historia del ocaso de los republicanos burgueses. Después de haber creado una república para la burguesía, de haber expulsado del campo de lucha al proletariado revolucionario y de reducir provisionalmente al silencio, a la pequeña burguesía democrática, se ven ellos mismos puestos al margen por la masa de la burguesía, que con justo derecho embarga a esta república como cosa de su propiedad. Pero esta masa burguesa era realista. Una parte de ella, los grandes propietarios de tierras, había dominado bajo la Restauración y era, por tanto, legitimista. La otra parte, los aristócratas financieros y los grandes industriales, había dominado bajo la monarquía de Julio, y era, por consiguiente orleanista. Los altos dignatarios del Ejército, de la Universidad, de la Iglesia, del Foro, de la Academia y de la Prensa se repartían entre ambos campos, aunque en distinta proporción. Aquí, en la república burguesa, que no ostentaba el nombre de Borbón ni el nombre de Orléans, sino el nombre de Capital, habiendo encontrado la forma de gobierno bajo la cual podían dominar conjuntamente. Ya la insurrección de junio los había unido en las filas del «partido del orden». Ahora, se trataba ante todo de eliminar a la pandilla de los republicanos burgueses que ocupaban todavía los escaños de la Asamblea Nacional. Y todo lo que estos republicanos puros habían tenido de brutales para abusar de la fuerza física contra el pueblo, lo tuvieron ahora de cobardes, de pusilánimes, de tímidos, de alicaídos, de incapaces de luchar para mantener su republicanismo y su derecho de legisladores frente al poder ejecutivo y a los realistas. No tengo por qué relatar aquí la historia ignominiosa de su desintegración. No cayeron, se acabaron. Su historia ha terminado para siempre, y en el período siguiente ya sólo figuran, lo mismo dentro que fuera de la Asamblea, como recuerdos, que parecen revivir de nuevo tan pronto como se trata del mero nombre de República y cuantas veces el conflicto revolucionario amenaza con descender hasta el nivel más bajo. Diré de pasada que el periódico que dio su nombre a este partido, el National, se pasó en el período siguiente al socialismo.

Antes de terminar con este período, tenemos que echar todavía una ojeada retrospectiva a los dos poderes, uno de los cuales anuló al otro el 2 de diciembre de 1851, mientras que desde el 20 de diciembre de 1848 hasta la disolución de la Constituyente vivieron en relaciones maritales. Nos referimos, de un lado, a Luis Bonaparte y, de otro lado, al partido de los realistas colegiados, al partido del orden, al partido de la gran burguesía. Al tomar posesión de la presidencia, Bonaparte formó inmediatamente un ministerio del partido del orden, al frente del cual puso a Odilon Barrot, que era, nótese bien, el antiguo dirigente de la fracción más liberal de la burguesía parlamentaria. Por fin, el señor Barrot había cazado la cartera de ministro cuyo espectro le perseguía desde 1830, y más aún, la presidencia del ministerio; pero no como lo había soñado bajo Luis Felipe, como el jefe más avanzado de la oposición parlamentaria, sino con la misión de matar un parlamento y como aliado de todos sus peores enemigos, los jesuitas y los legitimistas. Por fin, pudo casarse con la novia, pero sólo después de que ésta había sido ya prostituida. En cuanto a Bonaparte, se eclipsó en apariencia totalmente. Ese partido actuaba por él.

Ya en el primer consejo de ministros se acordó la expedición a Roma, que se convino en realizar a espaldas de la Asamblea Nacional y arrancándole a ésta los medios financieros bajo un pretexto falso. Así comenzó la cosa, estafando a la Asamblea Nacional y con una conspiración secreta con las potencias absolutistas extranjeras contra la república revolucionaria romana. Del mismo modo y con la misma maniobra, Bonaparte, formaba el 2 de diciembre de 1852 la mayoría de la Asamblea Nacional Legislativa.

La Constituyente había acordado en agosto no disolverse hasta después de elaborar y promulgar toda una serie de leyes orgánicas complementarias de la Constitución. El partido del orden le propuso el 6 de enero de 1849, por medio del diputado Rateau, no tocar las leyes orgánicas y acordar más bien su propia disolución. No sólo el ministerio, con el señor Odilon Barrot a la cabeza, sino todos los diputados realistas de la Asamblea Nacional le hicieron saber en este momento, en tono imperativo, que su disolución era necesaria para restablecer el crédito, para consolidar el orden, para poner fin a aquella indefinida situación profesional y crear un estado de cosas definitivo; se le dijo que entorpecía la actividad del nuevo Gobierno y sólo procuraba alargar su vida por rencor, que el país estaba cansado de ella. Bonaparte tomó nota de todas estas invectivas contra el poder legislativo, se las aprendió de memoria y, el 2 de diciembre de 1851, demostró a los lealistas parlamentarios que había aprovechado sus lecciones. Repitió contra ellos su propios tópicos.

El ministerio Barrot y el partido del orden fueron más allá. Hicieron que de toda Francia se dirigiesen solicitudes a la Asamblea Nacional pidiendo a ésta muy amablemente que se retirase. De este modo, lanzaron a la batalla contra la Asamblea Nacional, expresión constitucionalmente organizada del pueblo, sus masas no organizadas. Enseñaron a Bonaparte a apelar ante el pueblo contra las asambleas parlamentarias. Por fin, el 29 de enero de 1849 llegó el día en que la Constituyente había de resolver el problema de su propia disolución. La Asamblea Nacional se encontró con el edificio en que se celebraban sus sesiones ocupado militarmente; Changarnier, el general del partido del orden, en cuyas manos se concentraba el mando supremo sobre la Guardia Nacional y las tropas de línea, celebró en París una gran revista de tropas, como en vísperas de una batalla, y los colegiados declararon conminatoriamente a la Constituyente, que si no se mostraba sumisa, se emplearía la fuerza. Se mostró sumisa y regateó únicamente un plazo brevísimo de vida. ¿Qué fue el 29 de enero sino el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851, sólo que ejecutado por los realistas juntamente con Bonaparte contra la Asamblea Nacional republicana? Esos señores no advirtieron o no quisieron advertir que Bonaparte se valió del 29 de enero de 1849 para hacer que desfilase ante él, por las Tullerías, una parte de las tropas y se agarró ávidamente a esta primera demostración pública del poder militar contra el poder parlamentario, para hacer alusión a Calígula. Claro está que ellos no veían más que a su Changarnier.

El motivo que llevó especialmente al partido del orden a acortar violentamente la vida de la Constituyente fueron las leyes orgánicas complementarias de la Constitución, como la ley de enseñanza, la ley de cultos, etc. A los realistas coligados les interesaba en extremo hacer ellos mismos estas leyes y no dejar que las hiciesen los republicanos ya recelosos. Entre esas leyes orgánicas figuraba también, sin embargo, una ley sobre la responsabilidad del presidente de la república. En 1851, la Asamblea Legislativa se ocupaba precisamente de la redacción de esta ley, cuando Bonaparte paró este golpe con el golpe del 2 de diciembre. ¡Qué no hubieran dado los realistas coligados, en su campaña parlamentaria del invierno de 1851, por haberse encontrado ya hecha la ley sobre la responsabilidad presidencial! ¡Y hecha, además, por una Asamblea desconfiada, rencorosa, republicana!

Después de que la misma Constituyente había roto el 29 de enero de 1849 su última arma, el ministerio Barrot y los amigos del orden la acosaron a muerte, no dejaron por hacer nada que pudiera humillarla y arrancaron a su debilidad y a su falta de confianza en sí misma leyes que le costaron el último residuo de respeto de que aún gozaba entre el público. Bonaparte, con su idea fija napoleónica, fue los suficientemente audaz para explotar públicamente esta degradación del poder parlamentario. En efecto, cuando el 8 de mayo de 1849 la Asamblea Nacional da un voto de censura al Gobierno pro la ocupación de Civitavecchia por Oudinot y ordena que se reduzca la expedición romana a su supuesta finalidad, Bonaparte publica en el Moniteur, en la tarde del mismo día, una carta a Oudinot en la que le felicita por sus heroicas hazañas, y se presenta ya, por oposición a los escritorcillos parlamentarios, como el generoso protector del ejército. Los realistas, al ver esto, se sonrieron, creyendo sencillamente que habían logrado embaucarle. Por fin, cuando Marrast, presidente de la Constituyente, creyó en peligro por un momento la seguridad de la Asamblea Nacional y, apoyándose en la Constitución, requirió a un coronel con su regimiento, el coronel se negó a obedecer, invocó la disciplina y remitió Marrast a Changarnier, quien le despidió sardónicamente diciéndole que no le gustaban las baïonettes intelligentes. En noviembre de 1851, cuando los realistas coligados quisieron comenzar la lucha decisiva contra Bonaparte, intentaron, con su célebre proyecto de ley sobre los cuestores, lograr que se adoptar el principio de la requisición directa de las tropas por el presidente de la Asamblea Nacional. Uno de sus generales, Le Flô, había suscrito el proyecto de ley. Fue inútil que Changarnier votase en favor de la propuesta y que Thiers rindiese homenaje a la circunspecta sabiduría de la antigua Constituyente. El ministro de la Guerra, St. Arnaud, le contestó como Changarnier había contestado a Marrast, ¡y entre los gritos de aplausos de la Montaña!

Así fue cómo el mismo partido del orden, cuando todavía no era una Asamblea Nacional, cuando sólo era ministerio, estigmatizó el régimen parlamentario. ¡Y pone el grito en el cielo, cuando, el 2 de diciembre de 1851, este régimen es desterrado de Francia!

Cándido de Voltaire - Capítulo 18


CAPÍTULO XVIII

El país de Eldorado.



Cacambo explicó al dueño de la fonda la cu­riosidad que sentían y él le contestó:
-Yo soy un hombre muy ignorante y me acepto como soy; pero vive aquí un anciano, re­tirado de la corte, que es el hombre más sabio del reino y muy parlanchín.
Inmediatamente acompañó a Cacambo a casa del anciano. Cándido representaba ahora un pa­pel secundario de acompañante de su criado. Entraron en una casa muy humilde, la puerta era solamente de plata y las paredes estaban reves­tidas sólo de oro, si bien con adornos de tanta finura que no desmerecían de los más opulen­tos. La antecámara en realidad sólo tenía in­crustados rubíes y esmeraldas, pero las figuras ornamentales que formaban compensaban con creces la extrema sencillez.
El anciano recibió a los dos extranjeros en un sofá acolchado con plumas de colibrí, y les sir­vió licores en vasos de diamantes; tras lo cual sa­tisfizo su curiosidad de la siguiente manera:
-Tengo ciento setenta y dos años, y mi di­funto padre, que había sido escudero del rey, me habló de las sorprendentes revoluciones del Perú, de las cuales él había sido testigo. Este reino en el que nos encontramos es la antigua patria de los Incas, de la que de manera imprudente salie­ron con la intención de dominar a otra parte del mundo y que finalmente fueron destruidos por los españoles. Los príncipes de la familia que per­manecieron en el país natal fueron más pruden­tes, con el beneplácito de toda la nación, dispu­sieron que ningún habitante saliera nunca más de nuestro pequeño reino; por eso hemos podido conservar nuestra inocencia y nuestra felicidad. Los españoles han tenido una idea errónea de este país al que han llamado Eldorado, y hasta un inglés, llamado el caballero Raleigh, vino aquí hace unos cien años; pero como el acceso es a través de rocas escarpadas y de precipicios, has­ta ahora hemos estado al abrigo de la codicia de las naciones de Europa, que tienen un insaciable deseo por las piedras y el barro de nuestra tierra, y que, con tal de obtenerlos, no dudarían en aca­bar con todos nosotros.
La conversación fue larga; discurrió sobre la for­ma de su gobierno, las costumbres, las mujeres, los espectáculos públicos y las artes. Al final, Cán­dido, que siempre se había sentido atraído por la metafísica, mandó a Cacambo que preguntara si en aquella tierra profesaban alguna religión.
El anciano enrojeció un poco.
-¡Naturalmente! -dijo-. ¿Cómo pueden du­darlo? ¿Nos creen tan ingratos?
Cacambo preguntó con humildad cuál era la religión de Eldorado. El anciano se sonrojó de nuevo:
-¿Es que pueden existir dos religiones? -dijo-. Pienso que tenemos la misma religión de todo el mundo; adoramos a Dios por la noche y por el día.
-¿Adoran a un único Dios? -dijo Cacambo, que seguía siendo el intérprete de las dudas de Cándido.
-Es evidente -dijo el anciano- que no puede haber dos, ni tres, ni cuatro. Les confieso que la gente de su mundo preguntan cosas muy extrañas.
Cándido, que no se cansaba de preguntar a aquel buen anciano, quiso saber cómo se rezaba a Dios en Eldorado.
-Nosotros no rezamos -contestó el bueno y respetable sabio-; no le pedimos nada, por­que nos da todo lo que necesitamos; sólo le da­mos continuamente las gracias.
Cándido sintió curiosidad por conocer a los sa­cerdotes y mandó preguntar a Cacambo dónde estaban. El buen anciano sonrió.
-Amigos míos -dijo-, aquí todos somos sa­cerdotes; el rey y todos los cabezas de familia en­tonan solemnemente cánticos en acción de gra­cias todas las mañanas, acompañados de cinco o seis mil músicos.
-¡Cómo! ¿No tienen frailes que enseñen, de­batan, gobiernen, que organicen intrigas y man­den a la hoguera a los que no piensan como ellos?
-Estaríamos locos -dijo el anciano-; aquí todos tenemos la misma opinión y no entende­mos qué quieren decir con esa historia de los frai­les.
Cándido estaba extasiado ante aquellas pala­bras y se decía a sí mismo:
"¿Esto sí que es distinto de Westfalia y del cas­tillo del señor barón: si nuestro amigo Pangloss hubiera conocido Eldorado, no habría podido afirmar que el castillo de Thunder-ten-tronckh era lo más perfecto de la tierra; cierto es que hay que viajar para aprender."
Concluida esta larga conversación, el buen an­ciano mandó preparar una carroza tirada por seis cameros, y dispuso que doce de sus criados los acompañaran a la corte.
-Espero que me perdonen -les dijo-, ya que mi edad me impide ir con ustedes. El rey les recibirá de tal manera que quedarán encantados, y espero sabrán perdonar sin duda aquellas cos­tumbres del país que pudieren disgustarles.
Cándido y Cacambo montaron en la carroza; los seis carneros volaban y en menos de cuatro horas llegaron al palacio del rey situado en el otro extremo de la capital. El pórtico tenía una altura de doscientos veinte pies y cien de ancho; no se puede explicar el material del que estaba hecho. Debía ser de una calidad superior a la de esas pie­dras y esa arena a las que nosotros llamamos oro y piedras preciosas.
Cuando Cándido y Cacambo se apearon de la carroza, fueron recibidos por veinte hermosísimas muchachas de la guardia, que los condujeron a los baños, los vistieron con trajes de plumas de colibrí; luego los altos oficiales y oficialas de la corona los llevaron hasta la. cámara de su Majes­tad entre dos filas de músicos, cada una com­puesta de mil músicos, como era la costumbre.
Al aproximarse a la sala del trono, Cacambo pre­guntó a un alto cargo cómo debía saludar a Su Majestad: si debía arrodillarse o tumbarse en el suelo; si debía colocar las manos en la cabeza o en el trasero; si debía lamer el polvo de la sala; en resumen, cuál era el protocolo.
-Tenemos la costumbre -dijo el oficial ma­yor-, de besar al rey y besarle en las dos mejillas.
Cándido y Cacambo abrazaron a Su Majestad, que los recibió con toda la amabilidad que uno pueda imaginar y los invitó cortésmente a cenar.
Mientras tanto les enseñaron la ciudad, los edi­ficios públicos que llegaban hasta el cielo, los mercados adornados con mil columnas, las fuen­tes de agua pura, las fuentes de agua rosa, las de licor de caña de azúcar que manaban sin cesar en grandes plazas pavimentadas con unas piedras preciosas que exhalaban un olor parecido al del clavo y al de la canela. Cándido quiso conocer los juzgados; le dijeron que no existían, porque no había pleitos. Preguntó si había cárceles y le contestaron que no. De todo cuanto vio lo que más le gustó y causó asombro fue el museo de las ciencias, donde había una galería de dos mil pasos llena de instrumentos de matemática y fí­sica.
Apenas si habían recorrido en toda la tarde ni la milésima parte de la ciudad, cuando les lleva­ron de nuevo junto al rey. Cándido se sentó en la mesa entre su majestad, su criado Cacambo y varias damas. Comieron tan exquisitamente como nunca habían comido y el rey se mostró tan in­genioso como nunca habían tenido ocasión de ver. Cacambo le traducía a Cándido las ocurren­cias del rey y, a pesar de la traducción, seguían teniendo su gracia. De todo lo que a Cándido le sorprendió, no fue esto lo que menos le sor­prendió.
Pasaron un mes en aquel sitio tan acogedor. Sin embargo, Cándido no cesaba de decirle a Cacambo:
-Amigo mío, una vez más insisto en que el castillo en el que nací no vale tanto como este país, pero, a fin de cuentas, la señorita Cunegunda no vive aquí y vos debéis tener alguna amada en Europa. Si nos quedamos aquí, sere­mos como todos; por el contrario, si volvemos a nuestro mundo, aunque sólo sea con doce car­neros cargados con piedras de Eldorado, seremos más ricos que todos los reyes juntos, y ya no ha­bría inquisidores a los que temer y podríamos re­cuperar sin dificultades a la señorita Cunegunda.
A Cacambo le convencieron estas razones; a la gente le gusta tanto viajar y darse importancia entre los suyos y presumir de lo que se ha visto en los viajes, que aquellos dos seres felices deci­dieron no serlo ya más y fueron a despedirse de Su Majestad.
-Cometen una tontería -les dijo el rey-; ya sé que mi país no es gran cosa; pero, cuando se está relativamente cómodo en un sitio, se debe quedar uno en él. Yo no tengo desde luego nin­gún derecho para retener a los extranjeros; sería un acto de tiranía que no pertenece a nuestras costumbres ni a nuestras leyes: todos los hombres son libres; partan cuando gusten, pero la salida es muy difícil. Es imposible remontar los rápidos por los que milagrosamente llegaron. Las montañas que bordean mi reino tienen diez mil pies de altura y son verticales como murallas: cada una de ellas mide a lo ancho más de diez mil le­guas y sólo se puede bajar por ellas a través de precipicios. Pero, como a pesar de todo quieren irse, voy a ordenar a los jefes de máquinas que construyan una que les pueda transportar con co­modidad. Cuando lleguen al otro lado de las montañas, tendrán que continuar solos, pues mis súbditos han jurado no salir nunca de su país y son demasiado sensatos como para quebrantar su voto. De todos modos, pídanme lo que quieran.
-Sólo le pedimos a Vuestra Majestad -dijo Cacambo- unos cuantos carneros cargados de víveres, de piedras y de barro.
El rey se echó a reír:
-No puedo entender -dijo- por qué los eu­ropeos sienten tanta atracción por nuestro barro amarillo; pero llévense cuanto gusten y que les aproveche.
Inmediatamente ordenó a sus ingenieros que construyeran una máquina que sacara a aquellos dos extraños hombres fuera del reino. Tres mil físicos muy brillantes la terminaron en quince días y solamente costó unos veinte millones de libras esterlinas, moneda del país. Metieron a Cándido y a Cacambo dentro de la máquina; dos grandes carneros rojos provistos de sillas y bridas para que les sirvieran de cabalgadura una vez hubie­ran cruzado las montañas, veinte carneros con al­forjas llenas de víveres, treinta que llevaban re­galos exóticos del país y cincuenta cargados de oro, de piedras preciosas y de diamantes. El rey besó con ternura a los dos vagabundos.
Su partida y la ingeniosa manera en que fue­ron izados, ellos y sus carneros, hasta la cima de las montañas fue un espectáculo espléndido. Los físicos se despidieron de ellos tras haberlos lle­vado hasta un lugar seguro, y ya Cándido no te­nía otro deseo ni otro objetivo que mostrar sus carneros a la señorita Cunegunda.
-Tenemos dinero de sobra -dijo- para pa­gar al gobernador de Buenos Aires, suponiendo que la señorita Cunegunda se pueda comprar. Va­yamos hacia Cayena, después cojamos un barco y ya veremos más tarde qué reino podemos com­prar.

26/3/13

Repudiable operación contra Victor Hugo Morales

 La postración del periodismo ante

los caprichos el poder fáctico


 
No es novedad la invasión del terreno político que la "mass-media" viene perpetrando a través de los últimos años, tanto en paises periféricos como centrales, y su potencia lesiva de los procesos democráticos. En el mismo marco se inscribe la ejecución de ataques políticos a las figuras que trabajan en contra de sus intereses.

Existen sobradas razones para que Victor Hugo Morales sea objeto de tales agresiones. La principal de ellas: haberse enfrentado a los holdings multimediáticos en plena guerra política contra el poder ejecutivo nacional. Pero en ocasiones (tales como esta), los ataques son perpetrados generando aberraciones, degradaciones del oficio periodístico, divulgando información que consiste lisa y llanamente en mentiras, de sencillisima refutación.

Operaciones de prensa contra figuras públicas que se oponen a los caprichos del poder fáctico


La susodicha versión divulgada indica que Victor Hugo habría mafiestado en su twitter lo siguiente:
Si hay un Dios es injusto: se lleva al Comandante y pone a un genocida al frente de la Iglesia.

No hace falta hacer una gran investigación para falsar la versión que atribuye esas palabras al periodista. En su página oficial (www.victorhugomorales.com.ar), además de su cuenta oficial de Youtube, figura su cuenta de oficial de twitter (@vh590). La frase destacada fue publicada por otra cuenta de twitter (@victorhugo590), deliberadamente parecida a la oficial.

Un error de chequeo tan grotezco no puede ser posible; tan solo se explica por la intensión deliberada de dañar la imagen pública del periodista.

Para bien o para mal, no existen formas institucionales de sancionar a quienes divulgan tan mala información mas allá del "castigo" del mercado de no consumir mas sus noticias. Por eso resulta importante identificar a los medios que participaron en una iniciativa de tanta bajeza moral. Entre los medios que participaron de la operación se encuentran:

www.areconoticias.com.ar
www.totalnews.com.ar
www.informatesalta.com.ar
www.mdzol.com

entre otros.

Cándido de Voltaire - Capítulo 17


CAPÍTULO XVII

Cándido y su criado llegan al país de Eldorado.



Cuando llegaron a la frontera de los orejudos, le dice Cacambo a Cándido:
-Habéis podido comprobar que este hemis­ferio no es mucho mejor que el otro; creedme, regresemos a Europa por la ruta más corta.
-¿Cómo vamos a volver allí? -dice Cándi­do-; y ¿adónde vamos a ir? Si regreso a mi país, los búlgaros y los ábaros deguellan todo lo que se les pone por delante; si vuelvo a Portugal, me espera la hoguera; si permanecemos aquí, nos arriesgamos a ser asados en cualquier momento. Pero, ¿cómo voy a dejar la parte del mundo en la que habita la señorita Cunegunda?
-Podemos dirigirnos hacia Cayena -dice Cacambo-, allí encontraremos franceses, que viajan por todo el mundo y podrán ayudamos. Y quizás Dios se apiade de nosotros.
No era fácil ir a Cayena; conocían aproxima­damente el rumbo que debían tomar; pero por todas partes existían terribles obstáculos: monta­ñas, ríos, precipicios, bandidos, salvajes. Los ca­ballos murieron agotados; se acabaron las provi­siones; durante un mes se alimentaron solamente de frutas silvestres y por fin llegaron junto a un arroyo rodeado de cocoteros, que mantuvieron sus vidas y sus esperanzas.
Cacambo, que aconsejaba siempre tan bien como la vieja, le dijo a Cándido:
-Ya no podemos más, hemos andado mucho; hay una canoa vacía en la orilla, llenémosla de cocos, montemos en ella y dejémonos arrastrar por la corriente; un río siempre conduce hasta al­gún lugar habitado. Si no encontramos cosas agradables, al menos encontraremos cosas nue­vas.
-Vámonos -dice Cándido-, que la Provi­dencia nos ampare.
A lo largo de varias leguas viajaron entre ri­beras, unas con flores, otras áridas; unas llanas, otras escarpadas. El río iba ensanchándose para perderse finalmente bajo una bóveda de impre­sionantes rocas que subían hasta el cielo. Los dos atrevidos viajeros se dejaron llevar por la co­rriente bajo aquella bóveda. El río, que se estre­chaba en aquel lugar, los arrastró con una velo­cidad y un estruendo horrorosos. Al cabo de veinticuatro horas vieron de nuevo la luz, pero la canoa se había roto contra los escollos; durante una legua tuvieron que arrastrarse de roca en roca; por fin divisaron un inmenso horizonte ro­deado de montanas inaccesibles. En aquel país tenían cabida tanto la belleza como la utilidad; en todas partes lo útil era agradable. Los caminos es­taban cubiertos o, mejor dicho, adornados con carruajes de una forma y de un material brillan­te, que transportaban a hombres y mujeres de una belleza espectacular, tirados a gran velocidad por unos grandes carneros rojos, que eran mu­cho más rápidos que los más hermosos caballos de Andalucía, de Tetuán o de Mequínez.
-Este país -dijo Cándido- es mejor que Westfalia.
Descendieron a tierra en el primer pueblo que encontraron. Algunos niños con vestidos con brocados de oro hechos jirones jugaban al tejo a la entrada del pueblo; nuestros dos hombres del otro mundo se divertían mirándolos: los tejos eran unas grandes piezas redondas, amarillas, ro­jas, verdes, que despedían unos destellos muy particulares. Los viajeros tuvieron ganas de coger algunos; era oro, esmeraldas y rubíes, el menor de los cuales hubiera sido el mayor adorno del trono del Mogol.
-Seguramente -dijo Cacambo-, estos niños son los hijos del rey de este país, jugando al tejo.
En ese mismo momento apareció el maestro y les hizo entrar en la escuela.
-Éste debe de ser -dijo Cándido -el pre­ceptor de la familia real.
Los pobrecillos niños pararon al instante de ju­gar, dejando por el suelo los tejos y todo aque­llo con lo que habían jugado. Cándido los reco­ge, corre en busca del preceptor y se los devuelve con humildad, comunicándole por señas que sus altezas reales habían olvidado el oro y las piedras preciosas. El maestro del pueblo, con una gran sonrisa, los arrojó al suelo, miró un momento el rostro de Cándido con aire de sorpresa y siguió su marcha.
Los viajeros no dejaron de recoger el oro, los rubíes y las esmeraldas.
-¿Dónde estamos? -exclamó Cándido-. El desprecio por el oro y las piedras preciosas in­dican la buena educación de los hijos de los re­yes de este país.
Cacambo estaba tan sorprendido como Cán­dido. Luego se aproximaron a la primera casa del pueblo; estaba construida como un palacio eu­ropeo. Un enorme gentío se amontonaba en la puerta, y aún había más dentro; se escuchaba una música muy agradable, y se olía un delicioso olor a cocina. Cacambo se acercó a la puerta, y oyó que hablaban peruano; era su lengua materna; porque todo el mundo sabe ya que Cacambo ha­bía nacido en Tucumán, en un pueblecito en el que sólo se hablaba aquella lengua.
-Yo haré de intérprete -le dijo a Cándido-; entremos, es una fonda.
Al instante dos camareros y dos camareras de la fonda, con vestidos dorados y el pelo adorna­do con cintas, les invitaron a sentarse en la mesa del dueño. Se sirvieron cuatro potajes, cada uno de ellos con una guarnición formada por dos lo­ros, un cóndor cocido que pesaba doscientas li­bras, dos suculentos monos asados, trescientos colibríes en una gran fuente y seiscientos pája­ros-mosca en otra; guisos de carne exquisitos, de­liciosos postres; presentado todo en fuentes como de cristal de roca. Los camareros y las ca­mareras servían diferentes licores elaborados con caña de azúcar.
La mayor parte de los convidados eran mer­caderes y arrieros, todos de una amabilidad ex­quisita; preguntaron a Cacambo algunas cuestio­nes con prudencia y discreción, y contestaron a las suyas satisfactoriamente. Cuando terminó la comida, Cacambo y Cándido pensaron que de­bían pagar su parte y echaron sobre la mesa del dueño dos de aquellas piezas de oro que habían recogido del suelo; el dueño y la dueña empezaron a reír a carcajadas, muriéndose de risa du­rante largo rato. Al fin lograron calmarse.
-Señores -les dijo el dueño-, ya vemos que son ustedes extranjeros y no tenemos costumbre de verlos. Perdonadnos por habernos reído cuan­do han pretendido pagar con las piedras de nuestros caminos. Seguro que no poseen mone­da del país, pero para comer aquí no se necesi­ta. El gobierno financia todas las fondas cons­truidas para facilitar el comercio. Aquí no habrán comido muy bien, porque es un pobre pueblo; pero dondequiera que vayan serán recibidos como se merecen.
Cacambo le traducía a Cándido todas las ex­plicaciones del dueño, y Cándido las escuchaba con la misma extrañeza y asombro con que su amigo Cacambo se las contaba.
-¿Qué país es éste -se decían uno a otro-, desconocido para el resto del mundo y donde la naturaleza es tan distinta a la nuestra? Debe ser el país donde todo es perfecto, porque es abso­lutamente necesario que exista uno así. Y, a pe­sar de que lo decía el maestro Pangloss, a me­nudo yo notaba que las cosas iban mal en Westfalia.

25/3/13

Jung, Carl Gustav - Prólogo al I Ching de Wilhelm


Prólogo de Carl Gustav Jung al I Ching de Wilhelm - Texto Completo



Discípulo de Freud, creador del concepto de inconciente colectivo, prólogo al I Ching
Puesto que no soy sinólogo, una presentación del Libro de las Mutaciones escrita por mí habrá de constituir un testimonio de mi experiencia personal con este libro grande y singular. Se me brinda así, además, una grata oportunidad para rendir homenaje una vez más a la memoria de mi desaparecido amigo Richard Wilhelm. Él mismo tenía honda consciencia de la importancia cultural de su traducción del I Ching, versión sin igual en Occidente.






Cándido de Voltaire - Capítulo 16


CAPITULO XVI

Aventuras de los dos viajeros con dos muchachas, dos monos y con unos salvajes apodados orejudos.



Cándido y su criado ya habían atravesado las líneas defensivas y en el campamento aún nadie había descubierto la muerte del jesuita alemán. Cacambo, que era muy previsor, había llenado el zurrón de pan, chocolate, jamón, fruta y algunos cántaros de vino. Se internaron con sus caballos andaluces en una tierra desconocida, en la que no encontraron ningún camino. Por fin apareció ante ellos una espléndida pradera surcada de arroyos. Nuestros viajeros dejan pastar a las ca­balgaduras, y mientras Cacambo propone a su amo comer comienza él mismo:
-¿Cómo quieres -decía Cándido- que coma jamón, cuando he matado al hijo del señor barón, y cuando me estoy condenando a no ver ya en toda mi vida a la bella Cunegunda? ¿Para qué quiero alargar mis miserables días si debo vi­virlos sin ella entre los remordimientos y la de­ sesperación? ¿Y cuáles serán los comentarios del periódico de los jesuitas de Trévoux?
Mientras hablaba, no paraba de comer. Ano­checía ya cuando los dos descaminados oyeron unos gritos agudos que parecían propios de mu­jeres. No distinguían bien si eran gritos de dolor o de alegría; pero se pusieron en pie precipita­damente con esa especie de inquietud y de alar­ma que en un lugar desconocido provoca cual­quier cosa. Aquellos gritos provenían de dos muchachas completamente desnudas, que corrí­an apresuradamente por un extremo de la pra­dera, mientras dos monos las perseguían mor­diéndoles las nalgas. Cándido se apiadó y, como los búlgaros le habían enseñado a disparar, hu­biera acertado a una avellana en el matorral sin tocar las hojas. Coge su fusil, tira y mata a los dos monos.
-¡Dios sea alabado, mi querido Cacambo! Acabo de salvar de un gran peligro a esas dos in­felices criaturas: si pequé por matar a un inqui­sidor y a un jesuita, lo acabo de enmendar con largueza salvando la vida de estas dos mucha­chas. Quizás sean dos señoritas de noble posi­ción, y esta aventura nos pueda ser de utilidad en el país.
Iba a seguir hablando, pero se quedó mudo al contemplar cómo aquellas muchachas abraza­ban con ternura a los dos monos, lloraban amar­gamente sobre sus cuerpos y chillaban con au­téntico dolor.
-Me sorprende tanta bondad -le dijo al fin a Cacambo; el cual le replicó:
-¡Buena la habéis hecho, mi amo! ¡Habéis matado a los dos amantes de estas señoritas!
-¿Sus amantes? ¿Pero es posible? Me estáis to­mando el pelo, Cacambo; ¿cómo va a ser verdad?
-Querido amo -contestó Cacambo-, siem­pre os asombráis por todo; ¿por qué os parece tan raro que en ciertos países haya monos a los que las damas conceden sus gracias? Son medio hombres, como yo soy medio español.
-¡Lástima! -continuó Cándido-, recuerdo haber oído decir a mi maestro Pangloss que en otros tiempos ocurrían tales accidentes y que es­tas mezclas habían originado egipanes, faunos y sátiros; que algunos personajes importantes de la antigüedad los habían visto; pero yo creía que eran fábulas.
-Pues ahora debéis estar seguro de que es verdad-dice Cacambo-, ya habéis podido ver el comportamiento de las personas salvajes; lo que temo ahora es que a estas damas se les ocu­rra hacemos alguna faena.
Estos comentarios tan contundentes incitaron a Cándido a alejarse de la pradera, y a adentrarse en un bosque. Allí cenaron ambos y, tras haber mal­decido al inquisidor de Portugal, al gobernador de Buenos Aires y al barón, se durmieron sobre la hierba. Cuando despertaron, vieron que no podí­an moverse debido a que, durante la noche, los orejudos, habitantes del país, a quienes las dos da­mas los habían denunciado, los habían atado con cuerdas hechas con corteza de árbol. Les rodea­ban unos cincuenta salvajes completamente des­nudos, armados con flechas, mazos y hachas de piedra: unos ponían a hervir una gran caldera, otros preparaban los asadores y todos gritaban:
-¡Es un jesuita! ¡Es un jesuita! ¡Nos vengare­mos y comeremos opíparamente; comamos je­suita, comamos jesuita!
-Ya os lo había advertido yo, querido amo -exclamó con tristeza Cacambo-, que esas dos muchachas nos iban a hacer una mala jugada.
Cándido exclamó al ver la caldera y los asa­dores:
-Con toda seguridad nos van a asar o a her­vir. ¡Ah ¿Qué diría ahora mi maestro Pangloss si viera de qué está hecha la verdadera naturaleza? Todo está bien; lo admito, pero confieso que es una crueldad perder a la señorita Cunegunda y ser asado por unos orejudos.
Pero Cacambo nunca perdía la cabeza.
-No debemos perder la esperanza -le dijo al compungido Cándido-; comprendo un poco la jerga de esta gente, voy a hablarles.
-Procurad convencerles -dijo Cándido-de que cocer a los hombres es un acto espantosa­mente inhumano y muy poco cristiano.
-Señores -dijo Cacambo-, ¿así que quieren comerse hoy a un jesuita? Eso está muy bien; no hay nada más justo que tratar así a los enemigos. Efectivamente, el derecho natural nos enseña a matar al prójimo, y así es como se hace en todo el mundo. Si nosotros no hacemos uso del dere­cho a comerlo, será porque podemos comer muy bien otras cosas; pero ustedes no disponen de los mismos recursos que nosotros y desde luego es preferible comerse a los enemigos que ofrecer a los cuervos y cornejas el fruto de la victoria. Pero, señores, ustedes no pretenderán comerse a sus amigos. Ustedes piensan que van a asar a un je­suita, y resulta que van a asar a su defensor, al enemigo de sus enemigos. Por lo que a mí respecta, yo nací aquí, en su país; este señor que veis es mi amo, y no sólo no es jesuita sino que acaba de matar a un jesuita, va vestido con sus ropas; ésta es la causa de vuestra repulsa. Si quie­ren comprobar lo que les estoy diciendo, cojan su sotana, llévenla a la frontera del reino de los padres y averiguen si mi amo ha matado a un ofi­cial jesuita. En poco tiempo estarán de vuelta y, si descubren que les he mentido, todavía podrán comernos, pero, si les he dicho la verdad, cono­cen muy bien los principios del derecho públi­co, las costumbres y las leyes como para no con­cedernos el perdón.
Los orejudos encontraron este discurso muy razonable; nombraron a dos notables para que fueran rápidamente a informarse de la verdad; los dos enviados actuaron con inteligencia y regre­saron enseguida con buenas noticias. Los oreju­dos liberaron a los dos prisioneros, les trataron con todo esmero, les presentaron muchachas, les ofrecieron refrescos y los condujeron hasta la frontera de su país, gritando con alborozo:
-¡No es jesuita! ¡No es jesuita!
Cándido no se cansaba en absoluto de admi­rar el motivo de su liberación:
-¡Qué pueblo! -decía-, ¡qué gente!, ¡qué costumbres! Si no llego a tener la suerte de dar­le una buena estocada al hermano de la señori­ta Cunegunda, hubiera sido comido sin remedio. Pero, pensándolo bien, la verdadera naturaleza es buena, puesto que estas gentes, en lugar de co­merme, han sido muy corteses al enterarse de que no era jesuita.