3/4/13

Artaud, Antonin - Carta a los poderes - 6: "Carta a las escuelas de Buda"

6. Carta a las escuelas de Buda




Ustedes que no están en la carne, que saben en qué punto de su trayectoria carnal, de su vaivén insensato, el alma e ncuentra el absoluto, la palabra nueva, la tierra inferior. Ustedes que saben cómo uno da vueltas en el pensamiento y cómo el espíritu puede salvarse a sí mismo. Ustedes que son interiores a ustedes mismos, que no tienen un espíritu a nivel de la carne: aq uí hay manos que no se limitan a tomar, cerebros que ven más allá de un bosque de techos, de un florecer de fachadas, de un pueblo de ruedas, de una actividad de fuego y mármoles. Aunque avance ese pueblo de hierro, aunque avancen las palabras escritas con la velocidad de la luz, aunque avancen los sexos uno hacia otro con la violencia de un cañonazo, ¿qué habrá cambiado en las rutas del alma, qué en los espasmos del corazón, en la insatisfacción del espíritu?

Por eso, arrojen al agua a todos esos blancos que llegan con sus cabezas pequeñas y sus espíritus bien manejados. Es necesario ahora que esos perros nos oigan: no hablamos del viejo mal humano. Nuestro espíritu sufre de otras necesidades que las inherentes a la vida. Sufrimos de una podredumbre, la po dredumbre de la Razón.

La lógica Europea aplasta sin cesar al espíritu entre los martillos de los de dos términos opuestos, abre el espíritu y lo vuelve a cerrar. Pero ahora el estrangulamiento ha llegado al colmo, ya hace demasiado tiempo que padecemos bajo el yugo. El espíritu es más grande que el espíritu, la metamorfosis de la vida son múltiples. Como ustedes, rechazamos el progreso: vengan, tiren abajo nuestras viviendas.

Que sigan todavía nuestros escribas escribiendo, nuestros periodistas cacareand o, nuestros críticos mascullando, nuestros usureros deslizándose en sus moldes de rapiña, nuestros políticos perorando y nuestros asesinos legales incubando sus crímenes en paz. Nosotros sabemos - sabemos muy bien - qué es la vida. Nuestros escritores, nuest ros pensadores, nuestros doctores, nuestros charlatanes coinciden en esto: en frustrar la vida.

Que todos esos escribas escupan sobre nosotros, que nos escupan por costumbre o por manía, que nos escupan porque son castrados de espíritu, porque no pueden percibir los matices, los barros cristalinos, las tierras giratorias donde el espíritu encumbrado del hombre se transforma sin cesar. Nosotros hemos captado el pensamiento mejor. Vengan. Sálvennos de estas larvas. Inventen para nosotros nuevas viviendas.

Seguridad, delito y crimen en Argentina - Marcelo Saín

Hoy en dia, la problemática de la seguridad hegemoniza los contenidos de los medios masivos. ¿Por qué está tan vigente el análisis político del delito? ¿de donde surge la sensibilidad del público consumidor de noticias a los llamados "delitos de calle"? ¿Qué patrones sigue el desarrollo del delito que parece salir siempre ileso de las tímidas iniciativas políticas en su contra?

En el siguiente video, extracto del programa "La historia en debate", el diputado provincial Marcelo Saín aborda el tema desde un enfoque técnico, arrojando luz sobre los determinantes políticos de la subsistencia del delito de calle y su vinculación con la trama de mercados negros de alta rentabilidad y la delincuencia de cuello blanco.



Cándido de Voltaire - Capítulo 24


CAPÍTULO XXIV
Paquita y fray Alhelí.



Nada más llegar a Venecia, mandó que bus­caran a Cacambo por todas las fondas, por todos los cafés, por todos los prostíbulos, pero no lo encontró. Todos los días enviaba a alguien a es­perarlo en todos los barcos y barcas que atraca­ban: Cacambo seguía sin dar noticias.
-¡No es posible! -le decía a Martín-, ¡yo he tenido tiempo de pasar de Surinam a Burdeos, de ir de Burdeos a París, de París a Dieppe, de Dieppe a Portsmouth; he rodeado Portugal y España, he cruzado todo el Mediterráneo, he pasado va­rios meses en Venecia, y la bella Cunegunda no ha llegado aún! ¡En vez de ella he encontrado a una tunante y a un abate del Perigord! No cabe duda que Cunegunda ha muerto, y a mí tan sólo me resta morir. ¡Qué pena! Habría sido mejor ha­berme quedado en aquel paraíso de Eldorado que haber vuelto a esta maldita Europa. ¡Qué ra­zón teníais, mi querido Martín! Todo es un en­gaño y no hay más que desgracias.

2/4/13

Kurt Gödel y su teorema de "incompletez"

El teorema de incompletez de Kurt Gödel

el limite de la matemática demostrado matematicamente
Kurt Gödel


Cándido de Voltaire - Capítulo 23


CAPÍTULO XXIII

Lo que vieron Cándido y Martín en las costas de
Inglaterra.



-¡Ah, Pangloss! ¡Pangloss! ¡Ah, Martín! ¡Mar­tín! ¡Ah, mi amada Cunegunda! Pero, ¿qué mun­do es éste? -decía Cándido en el barco holan­dés.
-Un aborrecible mundo de locos -contes­taba Martín.
-Vos conocéis Inglaterra, ¿son allí tan locos como en Francia?
-Son otro tipo de locos -dijo Martín-. Vos sabéis que estos dos países están en guerra por unos cuantos palmos de nieve del Canadá, y que el gasto de esta dichosa guerra es superior al va­lor de todo el Canadá. No tengo bastante capa­cidad par precisar si hay más locos de atar en un país que en el otro, sólo puedo asegurar que, en general, la gente a la que vamos a ver es bastante antipática.

1/4/13

Marx - El 18 brumario de Luis Bonaparte [capítulo 7]

Texto Completo

CAPÍTULO 7

La república social apareció como fase, como profecía, en el umbral de la revolución de febrero. En las jornadas de junio de 1848, fue ahogada en sangre del proletariado de París, pero aparece en los restantes actos del drama como espectro. Se anuncia la república democrática. Se esfuma el 13 de junio de 1849, con sus pequeños burgueses dados a la fuga, pero en su huida arroja tras sí reclamos doblemente jactanciosos. La república parlamentaria con la burguesía se adueña de toda la escena, apura su vida en toda la plenitud, pero el 2 de diciembre de 1851 la entierra bajo el grito de angustia de los realistas coligados: «¡Viva la república!»

Cándido de Voltaire - Capítulo 22


CAPÍTULO XXII

Aventuras de Cándido y Martín en Francia.



Cándido se detuvo en Burdeos sólo el tiempo necesario para vender algunas piedras de Eldorado y para conseguir un carruaje de dos plazas, porque no podía ya prescindir de su filósofo Mar­tín; sólo sintió el tener que separarse de su car­nero, que había regalado a la Academia de Cien­cias de Burdeos, la cual propuso como tema para el premio de aquel año la investigación sobre las causas del color rojo de la lana de aquel carne­ro. El premio lo ganó un sabio del norte, que demostró con que A, más B, menos C, dividido por Z, que el carnero tenía que ser rojo y que mori­ría de viruelas.
Ahora bien, como todos los viajeros que Cán­dido encontraba en las fondas del camino le co­mentaban que se dirigían a París, le entraron ga­nas de ver aquella capital y además no se desviaba mucho de su camino a Venecia.
Entró por el barrio de Saint-Marceau, y le pa­reció que estaba en el pueblo más feo de Westfalia.
En cuanto Cándido llegó a la posada, el can­sancio le produjo una leve enfermedad. Debido al enorme diamante que llevaba en el dedo y a que habían visto entre su equipaje un cofre ex­cesivamente pesado, enseguida acudieron junto a él dos médicos que no habían sido llamados, algunos amigos íntimos que no le dejaban ni un momento solo y dos beatas que le llevaban calditos calientes. Decía Martín:
-Recuerdo que la primera vez que estuve en París también caí enfermo, pero era muy pobre y nadie estuvo junto a mí, ni amigos, ni beatas, ni médicos, y aun con todo sané.